lunes, febrero 26, 2007

¡Qué tremendo parche!

Casi que no, alcancé a sufrir y todo cuando nuevamente le dieron el Óscar a Thelma Schoonmaker y pedía por la presencia de su mentor y gran maestro, el maestro de todos, qué tremendo parche el que le entregó el Óscar a Martin Scorsese, y lo más simpático, aún seguía dudando si en verdad finalmente la academia iba a reconocer que él es el cineasta más importante de su generación; qué bueno por su montajista maravillosa y qué bien por el guionista. Fue una entrega con homenajes hermosos, el de las películas en otra lengua que fue editado por Giusseppe Tornattore, el director de esa hermosísima película llamada Cinema Paradiso. El otro homenaje que ya estaba a punto de convertirse en infaltable, el de Ennio Morricone, el gran músico de filmes como Érase una Vez en América. También fue muy emocionante ver a Santaolalla, lástima no tener ahí mismo a Guillermo Arriaga por su guión de Babel. Las cuotas de quién sabe quién, no faltaron, la cantante de Dream Girls no es más que un contentillo, ahí estaban las dos actrices de Babel. Noche de muchos nombres latinos que sonaron y ganaron que fue lo mejor, bien por Guillermo del Toro, bien por Cuarón y mucho más por González Iñárritu aunque se haya llevado pocas estatuillas para casa.

De Andrés, y hasta ahora desconocido

En el periódico El Espectador sacaron ayer este maravilloso hallazgo, lo comparto con ustedes, regalo especial para Liliana de Kinephilos que es la argentina más ferviente admiradora de Andrés Caicedo y su obra, aquí va entonces este texto lleno de mucho dolor y de días finales, que además será publicado este sábado 3 de marzo, un día antes de conmemorarse los treinta años de su muerte.
"Presentamos apartes de dos de los últimos textos de Caicedo Andrés Caicedo: ‘El cuento de mi vida’ El próximo 4 de marzo se cumplirán 30 años del suicidio del escritor Andrés Caicedo, autor de Que viva la música. Varias veces había dicho que era un desperdicio vivir más de 25 años. Andrés Caicedo* Sábado, 24 de febrero de 2007 Antes, mucho antes de que me prendara de mujer alguna, mi corazón ya había sido ganado por la violencia. Dicen que mi madre se puso fea cuando me tenía adentro, de tanta pata y manotazo que le di. Y al nacer la dejé como con cuarenta kilos de menos. Fui un niño gordo, cabezón, travieso como él solo (...). A los 12 años me regalaron un rifle de copas y me la pasaba tirándoles a los ventanales de los vecinos hasta que éstos pusieron la queja y mis padres me decomisaron el rifle. Yo, claro, quedé muy descontento con esta medida y ahorré durante dos veranos para comprarme mi rifle de copas, uno más grande, más serio y potente. En quinto de primaria ya todos me decían “el loco” y yo hacía todo lo posible para cimentar esta fama: un día llamé como a 50 taxis a la casa de Germán Azcárate, y observé, divertidísimo, todo el barullo desde mi balcón. El papá de Germán salió protestando que ellos no habían llamado a ningún carro, pero no le creyeron y había algunos que querían cobrarle la carrera. Yo me reí hasta que los ojos se me aguaron, y ahora siento lo mismo que sentía cuando pequeño: un sol inmenso que se pone, dentro de mí, en el horizonte, y que era presagio de grandes aventuras en contra de mis semejantes y hoy es signo de cagadas por venir, como no hay nada más que hacer en esta vida pues entonces conformémonos con las travesuras que pueda realizar, las acciones neutras, las acciones que producen sufrimientos en los otros, las malas vidas, la sequedad de los corazones, la luz del sol, el reverberar la apatía de ahora que escribo automáticamente pues no puedo avanzar en este relato (...). (...) El primer recuerdo que tengo acontece en La Cumbre, un pueblo del Valle del Cauca que hoy es fantasma y en el que veraneé como diez años. Tendría yo cuatro o cinco, no lo sé. Iba encarrilado cogido de la mano con mi mamá y de pronto apareció, caminando por el mismo riel, un joven de unos quince o diez y seis años que, después sabría, se llamaba Wady Nader. Como yo no desocupé el riel, Nader se tuvo que bajar pero presto estaba a patearme por la espalda cuando mi mamá intervino. “Si querés que éste sea el último día de tu vida —le dijo, muy decidida—, tocálo”. El muchacho retrocedió, espantado. Yo había sido un niño muy deseado. Mi mamá había quedado embarazada ocho veces, pero sólo había logrado tener tres niñas y había perdido un hijo hombre, Juan Carlos, que hoy andaría por los treinta años. Mi papá deseaba otro hijo hombre. Yo creo que en ellos el coito nunca estuvo separado de la idea del embarazo. Así que nací yo, rodeado de gustos y de favores, en un hogar de ilustres apellidos pero económicamente de clase media. Dicen que pesé diez libras y era horrible, de chiquito. Lo que recuerdo de esa época tan temprana era que sólo me gustaba andar cogido de las faldas de mi mamá y hacerme debajo de los árboles de guayaba para imaginarme perdido en los bosques. Y que organizaba peleas de vaqueros imaginarias con contendores de aire, y yo gesticulaba, daba puños, gritaba para mis adentros, amenazaba, actuaba en bien de la justicia (...). (...) A eso de los 7 años me dejaron en el Colegio Pío XII, un pésimo establecimiento de franciscanos. Cuando, haciendo fila, me despedí de mis padres, un alumno me empujó insultándome, y allí caí en cuenta de la agresividad que me tocaría enfrentar de kínder hasta sexto; todo lo contrario de la dulzura y la superprotección que había conocido en mi casa (...). Para llegar a mi afición literaria (cosa que se produjo a eso de segundo de bachillerato) yo había pasado por una desmedida euforia por el fútbol: era muy bueno en el puesto de arquero, y sufría mucho cuando por razones externas (enemistad con el capitán por ejemplo) me relevaban de esa posición. Yo era un fanático del Deportivo Cali, y salía ronco de los partidos. Recuerdo una vez que el Cali le ganó al América y los aficionados de este equipo aporrearon al árbitro y tiraron mucha piedra a la salida y yo me arranqué una camisetica del Deportivo Cali para que no me fueran a hacer nada, y llegué a mi casa lleno de pánico y medio desnudo. Por esa época yo estaba bajo el régimen del terror de un tal Omar Valencia, fuerte y revejido; el hombrecito se ensañó en mí, me humillaba delante de todos en la clase y yo, ante mi incapacidad de responderle físicamente, empecé a concebir planes descabellados para matarlo por la espalda. Esa penosa situación duró como tres años: sólo terminó cuando yo lo dejé de ver. Y hoy me lo encuentro, más viejo y más pequeño, sucio y mal vestido (su papá era famoso por sus millones y su tacañería), habiendo hecho nada en su vida, triste, apocado, alcohólico. Cuando estaba en segundo de bachillerato pasé por una crisis de estar diciendo mentiras y de aparentar que mi familia era más rica de lo que realmente era. Lo que pasó fue que me introduje en la llamada “gallada del Club Campestre”: los Cabal, los Urdinola, los Racines, gente de la más rica de todo Cali. Y yo, claro, no podía mantener el mismo tren de vida que ellos, invitando peladas a almorzar, haciendo fiestas todos los sábados, montando en taxi, viajando a Miami todos los años. Y era cosa natural que claro, me descubrieran en mis mentiras, motivo por el cual me fui volviendo prevenido y temeroso y un tanto paranoico con las muchachas, y ya en tercero de bachillerato comencé a recurrir a las prostitutas (...). (...) Comencé a escribir a los trece años: poemas de amor y cuentos breves, de una sola situación. Cuando mi primer cuento ambicioso, La piel del otro héroe, fue publicado en el magazine dominical del diario Occidente de Cali, cobré ímpetu y me llené de ambiciones; pronto me vi recompensado por publicaciones en el periódico El Espectador (...). (...) Después vendría mi viaje a USA, a Los Ángeles, para intentar vender dos guiones de horror: cuando me di cuenta todo el problema de lenguaje que había de por medio desistí y me dediqué únicamente a ver cine, mientras me durara la plata. Vivía yo al frente del teatro New Vagabond, que daba programas especiales de 8 ó 16 películas, es decir todo el día; o sea que yo me levantaba a las ocho de la mañana, cruzaba la calle desayunado ya, y me entraba al teatro, a mi cita con la oscuridad, para salir a eso de las once o doce de la noche o ya de mañana; y fue allí cuando probé por primera vez las anfetaminas. A Colombia regresé un tanto desilusionado (Hollywood no existía) después de casi un año de pasar trabajos, de mantener un recuerdo de mi tierra magnificado por la distancia. Vine con la idea expresa de editar una revista, y a los cuatro meses ya teníamos en circulación nuestra Ojo al Cine (11), que fue un éxito de venta y de crítica. Mientras tanto, yo había publicado crítica de cine en Occidente, El Espectador, El País y recién cuando se fundó el diario El Pueblo. Y también en la revista Hablemos de Cine, lo que había sido uno de mis sueños dorados. Así fui haciéndome a un reconocimiento nacional como entendido en cine, pero aún tenía problemas con la droga, sobre todo con las pepas, pues yo comencé a tomar Valium 10 cuando hacía viajes por tierra de Cali a Bogotá. No tenía mujer, ni me interesaba. Tomaba mucha cerveza y me la pasaba contento en Cali, mucho más después de que me hice muy amigo de Clarisol y Guillermo Lemos, dos niños super precoces y super perversos y fui dando la imagen del niño que no ha crecido o se niega a crecer: ellos me hicieron probar los hongos y el Daprisal, y yo estaba contento con mi pose silvestre porque así desconcertaba a los intelectuales de profesión, a los que he detestado siempre y bastante es el mal, con pullas indirectas, que me han hecho. Pero como todo el mundo deseaba y admiraba a Clarisol, no se podían meter conmigo, pensaban “ése va a acabar mal”, pero no decían nada. Pero terminé mal, la pura verdad. Con Clarisol hicimos un pacto: “Tú aparentas mi edad y yo la tuya”, y así pasábamos el tiempo, cada uno desconcertando a su manera. Pero llegó Patricia y todo se acabó. Con Clarisol había conocido una especie de vida salvaje. El amor salvaje de Patricia me trajo a una más cercana realidad, aunque también peligrosa. Yo la conocía a ella desde hacía dos años, pero no le había parado bolas, desinteresado como estaba por toda mujer hecha y derecha. Pero mentiras; Patricia resultó ser una niña malcriada, exigente y desconfiada. Ella me sedujo y me atrapó. Su amor fue como un viaje sin regreso por la selva más tenaz de todas, la del Chocó; fue como pasar hambre y darse después un festín y emborracharse con cerveza helada. Yo creo que ambos éramos unos niños al conocernos y juntamos nuestras malas crianzas y hacíamos el amor de una forma perfecta. Por varios meses yo fui su segundo hombre, hasta que las circunstancias me llevaron a ser el único, el primero. Ay no, todo esto está mal escrito. Su matrimonio iba ya muy mal cuando nos conocimos, y por pura coincidencia feminista yo me dejé seducir, porque era testigo de lo mal que la trataba su marido. Además él, Carlos Mayolo, había arruinado por su mal genio un filme que realizamos en 1971: Angelita y Miguel Angel, en 16 mms. y con guión mío. Pero no creo que haya sido venganza; hice a medias el amor con ella y me gustó muchísimo y estuvo; quedé enamorado como nunca en mi vida. De allí, nuestra relación fue siempre incompleta, y su marido, como dice el proverbio, fue el último en saberlo; nos pilló in fraganti en el último Festival de Cine en Cartagena. Pero con él ya todo estaba dañado, y la cosa no fue muy grave. En el intervalo yo trabajé durísimo con el grupo de teatro de la U. del Valle en mi obra El mar, sobre el desorden, sobre el trabajo acumulado y sobre la relación difícil con los objetos (incapacidad manual), además de ser, a la vez, un comentario crítico (no sé cómo me las arreglé para lograrlo) a dos novelas magníficas: Moby Dick de Melville y Arthur Gordon Pym de Poe. Con perdón de todo el mundo, esa fue mi (fatua) obra maestra. No duró más que tres días en cartelera, ya que el protagonista celebró tan duro el éxito del estreno que hasta hoy sigue borracho. Mi relación con Patricia ha estado sujeta (ya no) a un grado tal de inestabilidad que yo tuve que recurrir el triple a Valium 10. Primero que todo ella se demoró mucho en dejar de amar a Carlos, y a mí me tocó presenciar una escena de súplica y de amor en vano tal, que me pegó uno de los mayores sustos de mi vida. Y lo que lo acaba a uno no es la droga sino los sustos. Después de eso yo me porté muy duro con ella, repitiéndole que ya no había caso, que ya no la quería, y eso y la separación con su esposo la condujeron a una especie de locura por los hombres; hizo el amor con el más grande y el más chiquito de los cineclubistas de Bogotá, pero siempre venía hacia mí. Y yo estaba bastante golpeado, a medias destruido, ya que “el más grande” era uno de mis mejores amigos, y yo nunca le perdoné lo que hizo con Patricia. La verdad fue que ella me utilizó como muleta, me expuse como escudo de su inestabilidad, y yo tenía que estarla cuidando, impidiendo toda clase de rumba, convencido, como dice la canción, que las rumbas no son buenas, que hacen daño y que dan penas. Además ese ambiente ya estaba para mí completamente pasado de moda. Hará unos tres años yo fui un muchacho super rumbero, tanto que escribí una novela sobre todo eso. Pero me aburrió el snobismo y la vulgaridad de la rumba, y fue precisamente en mitad de una rumba que yo intenté suicidarme por primera vez, cortándome las venas después de tomar 25 blues, como le decimos nosotros al Valium de 10 mgs. Me despertó el mismo ruido de mi sangre goteando sobre el piso de madera, y minutos después cicatrizaría. Pero como no me hicieron lavado de estómago estuve todo pepo como 15 días. Después, quedé muy propenso al llanto, por todo lloraba como un niño, y hablaba imitando a Patricia. Estaba, creo yo, a un paso de la locura. La segunda vez que me intenté suicidar está rodeada de circunstancias más allá de mi memoria. Según parece me tomé 125 pepas y discutí mucho con ella. A los varios cinco o seis días me vine a despertar en “Cuidados Intensivos” creyendo, por la calefacción, que estaba en Cali. Me llegaba el recuerdo de Patricia como el de un ángel guardián y experimentaba ráfagas de felicidad indefinida e inconclusa. Ahora, pasado ya un mes de estar en esta clínica, tengo planes urgentes para el futuro inmediato; sacar un número 5 de Ojo al Cine que sea mejor que los anteriores, gestionar la publicación de mi novela Que viva la música con las dos editoriales que me la han comprado y arreglar la publicación de un libro de cuentos con Eduardo Agudelo, el dueño de la editorial que me saca la revista; asimismo, comenzar dándole forma al libro que tengo planeado sobre los Rolling Stones, entroncándolo con el relativo fracaso de mi generación. Yo siempre estuve muy influenciado por la música de los Stones y por su postura lumpesca ante la vida, aunque estuvieran disfrutando del puesto Nº 1 en la industria (que a hoy está en plena decadencia artística) del rock 'n roll. Ya creo haber salido de ese estado de confusión en el que no recordaba los sueños, en el que perdía un bolígrafo todos los días y no terminaba ningún trabajo ni la lectura de ningún libro y para todos era una intolerancia que me estaba haciendo enemigos de todos los que eran amigos míos. Quiero escribir un ensayo que, ante la decadencia del cine mundial ligado a la super-perfección técnica, se llame Por un cine imperfecto, parafraseando un artículo del cubano Julio García Espinoza, y análisis de los filmes que más admiro: Persona de Ingmar Bergman, Psicosis de Alfred Hitchcock y Lilith de Robert Rossen. Así es. Ha podido ser mejor, pero qué le vamos a hacer. *Este texto, ‘Remontando el río’, fue escrito por Andrés Caicedo durante su permanencia en la Clínica Santo Tomás de Bogotá en junio de 1976, donde estuvo 39 días sometido a un tratamiento de desintoxicación, después de su primer intento de suicidio. *Versión editada de los textos, que aparecerán completos en www.elespectador.com. El adiós De nuevo te llamo Patricita, mi amor único, mi vida entera, mi redención y mi agonía: Con el horror y la expectativa de que ésta sea la última carta correspondiente al último día de vivienda juntos, después de que a lo largo de dos años hemos intercambiado, modificado por el gozo o por el sufrimiento nuestras vidas, después de que he llegado a un grado de dependencia de tu cuerpo, de tu alma, que difícilmente podría haber llegado a imaginar en años mas tempranos de mi existencia (...), Yo te necesito, yo te lo he repetido mil veces, no soy nada sin tus besos, no me dejes solo, no me dejes solo, vienen a mi mente miles de canciones cursis pero ninguna alcanza a expresar mis ansias, mis sentimientos. O déjame, está bien, pero concédeme la tranquilidad de no volver a pensar en ti jamás. Te adoro, te idolatro, si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. Pero brilla el sol, tú puedes estar cerca. Ahora salgo a buscarte. Amor mío". Cali, marzo 4, 1977 (El día de su suicidio)

miércoles, febrero 07, 2007

De Carlos Mayolo

Reproduzco tal como salió en la revista Soho hace algunos meses, sólo Carlos Mayolo habría escrito un obituario de esta forma, se sigue entonces riendo de todo y de todos porque no existirá ni homenaje, ni premio póstumo, ni jolgolorio que logre llenar el vacío que nos ha dejado este gran maestro del cine y de la vida.
Obituario

FOTOGRAFÍA: ALEJANDRA QUINTERO © 2006 "Un panegírico o un obituario sobre uno es no poder visitar la lápida de uno mismo. Es al obtuso una invitación a la vida gastada y al más allá de la muerte, la vida todavía la tengo. Es beber la ambrosía a cada instante, es un reloj que, como el corazón, tiene fuerza para la curiosidad mientras respira. Mi obituario no puede ser después de muerto. La vida es lo que nos mata. Un obituario es como una fórmula matemática donde la inocencia es igual entre la vida y la eternidad. La inocencia me abandona, a veces se vuelve curiosidad y termina en suerte que es la dicha, el júbilo y el entusiasmo que ya no necesita de la libertad. He desterrado la muerte de mi inocencia. Espero vivir al infinito, no necesito morirme, la vida me enseñó que venía del infinito hacia el cero de la muerte. Para qué morirse si sabemos que venimos del infinito. La vida es la nostalgia del principio ignoto. La vida es una suma de júbilos que nos hace olvidar de lo finito. Nadie se quiere morir, por eso, yo no puedo escribir sobre lo desconocido que es mi muerte. La vida me enseñó la revelación y así habló sobre mí, vivo, solo confío en lo que me gusta y me hace feliz. Quiero evitar la muerte porque es un mal ejemplo para la eternidad. Yo no puedo escribir mi obituario porque no creo que he de pasar a la otra vida, pues estoy respirando y bailando. Hago epitafio aquí en esta cuna que no cansa ni mi curiosidad, ni mi inocencia. He abolido los muertos. No creo que mi finito de la vida se sume con lo infinito de lo ignoto. Mi obituario es una carcajada que invita al jolgorio de vida, lo infinito está aquí, hay que vivirlo eternamente. Yo me quedo en la cuna donde nací, que quiero que sea mi ataúd Todos son unos cobardes, los que hablan de la muerte. Morirse es una cobardía, pues es perder la curiosidad. Todo es infinito mientras se baila y se ríe. Mi obituario no hace parte de mi diario, vivo siempre en infinito. No quiero llegar al cero de la muerte".

sábado, febrero 03, 2007

Llegó la más maldita de todas

Llegó la más maldita de todas, esta mañana, hoy, tres de febrero de 2007. Llegó, ojalá sin la guadaña si no con el wawancó, como él la quería. Se nos ha ido el maestro, el niño malo, el que nos enseñó todo y mucho más. Que no haya paz en tu tumba Carlos José Mayolo, que la rumba no te deje dormir, que encuentres lista la cámara con una película interminable para filmar todas las historias que querías contar, que el alcohol, la droga y los desmadres no se terminen allá donde vas a estar. Que Andrés te esté esperando para seguir rodando, y que con él estén Fellini, Welles, Hitchcock, Buster Keaton y Harold Lloyd, que los alborotés a todos, que se aterren y se avergüencen hasta enrojecer por tus locuras, que te regañen llenándote de besos, que te consientan y acaricien horas y más horas, que te hagan fiestas y bailes todos los días hasta el amanecer, que las comilonas no te dejen parar del sofá cómodo donde podás mirar cada tarde el cielo en tonos malvas y rojizos. Que te encuentre yo también cuando me llegue con guadaña o con wawancó, la maldita bruja, ésa, peor que las ciegas y desnudas del Macbeth de Polansky, esa que te llevó hoy sin dejar que te hiciéramos una fiesta de despedida a la que sólo vos podrías invitar.
Adriana Villamizar

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Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

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