martes, febrero 23, 2010

Desde el más infame desastre… La creación*

Olor a carne quemada. Diáspora. Equipajes. Schächter. La noche. Humareda. SELECCIÓN. Chimeneas. Ghetto. Joyas. Libertad. Birkenau. Auschwitz. Doctor Mengele. Elie Wiesel. Pan. Lágrimas. Padre. Kapos. Bajo pena de muerte. A-7713. Cucharada de nieve. Trabajo. Terror. Hambre. Libertad. Dios.


No nos une el amor sino el espanto.
Jorge Luis Borges.

 

Un niño es obligado a encarnar el rostro y el cuerpo de un hombre, corre para olvidar el hambre, corre para ahuyentar el miedo, corre para huir del espanto. Otros, miles, en la misma e intensa marcha se desmadejan y no lo resisten.
En su cabeza retumba aún el eco de la mujer que profetizó el fuego desde ese vagón de piaras en que se han convertido. Esos lamentos que nadie quiso escuchar llegan hasta las humaredas de las chimeneas, como queriendo expiar con sus lágrimas a tantas almas atormentadas.  

La sinagoga parecía una gran estación: equipajes y lágrimas.
Elie Wiesel.

Su nombre en los campos no importa, es un número: A-7713. Un número más en los brazos izquierdos de tantos. Lo único que le importa es no olvidar que su padre permanece a su lado, no puede abandonarlo, no puede permitir que desfallezca así presientan que ha llegado el final. Frente a él: restos, los retazos de familias rotas a las que alcanzó la muerte.
En el portal del infierno le prometen que encontrará la liberación en su labor diaria, pero lo que encuentra es el odio, lo que pierde es a su Dios, lo que no vuelve a recuperar es el alma que abandonó en los días finales de enero de 1945.
El niño relevado por el amargo hombre no flaquea en su contienda, tiene que saltar encima de miles de cuerpos inertes y avanza a prisa sin detenerse para no hacer parte de la selección del nombrado genetista, para que no lo alcancen la muerte, el hambre y la barbaridad, o peor aún, los Kapos y sus balas a diestra y siniestra.
Y se salva, aún del horror. Camina solo y deja atrás los cuerpos muertos de su familia que hasta olvidó la tierra prometida, pero lo que jamás olvidará es esa noche eterna en la que dejó de creer, esa noche eterna en la que maldijo los recuerdos de la llama negra que se posesionó de su alma y lo devoró.



*Una mirada tras la lectura de La Noche, de Elie Wiesel, texto que pertenece al material de análisis en el seminario-taller La escritura del desastre: Trauma y Testimonio, impartido por Anthony Sampson. Universidad Javeriana, feb-marzo de 2010.

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Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

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