martes, diciembre 29, 2009

Laudos para el 2010




viernes, diciembre 11, 2009

Connecticut Street Motel... Hooper y sus historias en cada pintura... Una escaleta que aún no es guión.



1. INT. HABITACIÓN MOTEL DE PASO. ATARDECER.
Julia, una mujer de unos 35 años, delgada, pelo rubio y ondulado, boca pintada de rojo carmesí, lleva un vestido vinotinto con escote y pegado al cuerpo. Está sentada en una cama grande de una habitación amplia que tiene un gran ventanal por el que penetra la luz naranja del atardecer iluminando su rostro expectativo que mira hacia la puerta con gran ansiedad. A un lado de la cama hay dos maletas medianas y abultadas y sobre un asiento que está frente a Julia descansa una chaqueta blanca de piel y el estuche de un contrabajo. Al fondo, en la calle se alcanza a ver la trompa de un convertible reluciente y nuevo, un Studebaker rojo del 52 que es estacionado frente al motel. Afuera se enciende el neón del aviso del motel, las letras atraviesan por la ventana y se leen sobre la colcha oscura que cubre la cama: Connecticut Street Motel. En la puerta se escuchan dos golpes. Julia sonríe con placer.



JULIA (CASI SUSURRANDO)
Llegaste, por fin llegaste.


SAM
Ábreme nena. Casi no me les puedo escapar.


Julia vuelve a sonreír y se incorpora. Se mira en un espejo que está detrás del sillón donde se encuentra su chaqueta de piel. Limpia en las comisuras un poco de labial que se le ha salido y se admira su cuerpo en el espejo.


2. EXT. CALLES. DÍA.
Sam, un hombre de 40 años, de baja estatura, un poco calvo y con una incipiente barriga, lleva un traje completo de paño negro, sombrero también negro, y unos zapatos bastante gastados y sin ningún brillo. Empuja con dificultad un contrabajo que lleva en su estuche. Sam camina apresurado por una calle transitada por carros de los años cincuentas. Una mujer pasa por su lado y le mira los zapatos con un poco de asco, lleva un sombrero con un tul que le cubre parte del rostro y va muy elegante con un vestido rosa a la rodilla. Sam se percata de la actitud de la mujer y se detiene en una vitrina para mirarse de cuerpo entero, descansa el contrabajo y se embelesa con lo que ve. En la vitrina están exhibidos diversos zapatos, a un lado sobre un atril brillan unos zapatos de hombre con lengüeta en charol y en blanco y negro.


3. INT. TIENDA DE ZAPATOS. DÍA.
Las manos regordetas de Sam lustran con un pañuelo las lengüetas de unos zapatos en charol negro y blanco. En el dedo anular tiene un anillo en oro con una incrustación de una esmeralda en el centro. Sobre las piernas cae un estuche grande en cuero de un contrabajo.


4. EXT. CAFÉ HOOPER. DÍA.
El café está situado en una esquina de una calle de barrio. Un gran ventanal lo circunda y permite ver hacia adentro donde hay una gran barra diseñada de la misma manera de la construcción, un largo mesón que voltea hacia la otra pared del lugar donde también hay un ventanal. Dentro de la barra está John, 30años, es un hombre rubio con uniforme blanco que prepara café en una gran cafetera con un águila en la tapa. Frente a él se encuentra Julia, lleva un vestido azul petróleo con mangas hasta la mitad de los brazos, el pelo suelto y la boca muy roja. En una de las mesas que mira hacia el otro lado de la calle se encuentra dándoles la espalda Joseph, un hombre de 50 años, lee un periódico en el que hay un titular que anuncia que el senador Mc Carthy puso preso al escritor Dashiell Hammet, lleva sombrero y un vestido azul oscuro completo con camisa azul clara y corbata de rayas. y zapatos en material y lustrados impecables.


5. INT. CAFÉ HOOPER. DÍA.
John coloca un café frente a Julia, ella le hace una seña cómplice y él busca en unos estantes que tiene abajo de la barra, saca una botella de licor blanco y le pone un poco al café. Vuelve a colocarlo frente a Julia y ella le sonríe agradecida. John parece desfallecer con su belleza. En la puerta se escucha un sonajero que anuncia la llegada de alguien que entra. Julia y John voltean a mirar. Joseph baja un poco el periódico y mira de reojo a Sam que se lustra sus zapatos de charol con un la bota del pantalón y se trastabilla en la puerta del café mientras mira hacia el suelo y evade el peso del estuche del contrabajo. Joseph hace un gesto de desagrado, mientras Julia mira enternecida a Sam que suda a mares y se acerca a la barra. John lo saluda con un gesto amigable.


6. INT. CAFÉ HOOPER. ATARDECER.
Afuera se desprende una gran lluvia. Joseph deja el periódico y mira molesto hacia la barra donde Sam se sonríe con Julia que lo mira embelesada y habla con él como si fuera un viejo conocido. Joseph se incorpora de su asiento y se dirige hacia el fondo del café donde se divisan los baños tras una columna. Se acomoda en un sitio estratégico donde sólo lo ve Sam y le hace una seña para que se acerque. Sam se baja torpe del taburete de la barra y se acerca al lugar donde lo espera Joseph. Sam lo mira asustado, le dice que no sabía que era con él la cita. Joseph le advierte que detrás del rostro angelical de las mujeres siempre se esconde una bruja. Sam se pone nervioso y le pregunta cuál es la misión que le ha mandado el jefe. Joseph se ríe y le dice que al menos ya comenzó con la labor, esa libertina de la que se hizo amigo es su misión, tiene que seguirla a donde vaya, es la nueva mujercita del jefe, pero sabe muy bien que Julia es una bandida que en cualquier momento lo va a dejar abandonado. Sam traga entero, ya comenzaba a gustarle Julia, y por su cabeza pasa una advertencia, porqué siempre se enamora de quien no es. Joseph se burla abiertamente de él y le dice que tenga cuidado, le entrega un dinero para que comience con la labor, el resto se lo dan cuando llegue con las pruebas de Julia. Sam asiente aburrido y Joseph entra al baño. Sam camina desolado hacia la barra, Julia le pregunta dónde estaba, le dice que quiere que la acompañe hasta su casa porque se siente muy sola. Sam asiente como un autómata.



7. EXT. CALLE CASA JULIA. NOCHE.
Julia y Sam caminan evadiendo varios charcos que se han formado en la calle, llegan hasta la fachada de una casa republicana y ella se detiene, ahí vive, lo mira seria y embelesada y le confiesa abierta que nunca le había pasado algo igual con nadie, él respira confianza, ella quisiera alguien como él para que la acompañara siempre, además adora que sea músico. Sam mira con tristeza el estuche de su contrabajo, está a punto de derretirse y de contarle su verdad, ella le dice que si van a estar juntos necesita confesarle que hay un hombre en su vida, él pretende que ella haga todo lo que él dice, pero no la quiere sino para exhibirla y para amante de turno porque sabe muy bien que George es casado. Le pide ayuda a Sam, él asiente, baja la cabeza y le dice que él también tiene que contarle algo, no le importa si la puede perder, pero se lo va a decir.

8. INT. OFICINA DE GEORGE. DÍA.
El lugar es una oficina muy elegante donde hay varias cajas contramarcadas de un aceite de carros, y está situada en un espacio estratégico de un lugar de venta de carros Ford y Studebaker. George, se pasea cerca de un escritorio grande de madera, es un hombre de 60 años, canoso y con rostro severo, golpea con fuerza y con el puño de sus manos sobre la mesa. Joseph asegura que Sam los ha engañado, lo evadió cuando ya lo tenía entre manos, quién va a creer pero ese gordo tiene su tumbao, no sabe en qué momento se le voló, pero lo que sí sabe es que Julia seguramente lo estará esperando en el Connecticut Street Motel, ahí se han hospedado en los últimos días, George está a punto del infarto, le dice a Joseph que el mismo irá a matarlos, pero Joseph no se lo permite, le dice que recuerde lo mal que ha estado del corazón, los médicos le han advertido que no puede exponerse a emociones fuertes, le promete que los encontrará con las manos en la masa. Sólo le toca esperar a que Sam aparezca en el café donde se citan todas las tardes y seguirlo. George grita lleno de furia que los quiere en primera plana y muertos al día siguiente. Joseph asiente y sale apresurado de la oficina.


9. EXT. CAFÉ HOOPER. DÍA.
El Studebaker está estacionado frente al café, en la barra se encuentra John, está solo y limpia el mesón. Frente al carro y mirándolo sospechoso se encuentra Sam, lustra sus zapatos de charol con la bota del pantalón y limpia con un pañuelo unas gotas de sudor que le caen de la calva hacia el rostro. Mira hacia todos lados, pero la calle está completamente desolada. Se acerca al ventanal del café, John lo saluda amigable desde adentro, Sam le responde, mira hacia el carro de nuevo, revisa las esquinas de las calles y no se ve un alma. Emprende carrera por una de las calles y se pierde en una esquina. Al fondo se escucha el motor del Studebaker que es encendido.


10. INT. HABITACIÓN MOTEL. PASILLOS. ATARDECER.
Julia se arregla el escote de su vestido vinotinto y abre la puerta ansiosa. Sam se le abalanza y ella lo besa enamorada, pensó que nunca iba a llegar, quiere que le cuente cómo se le escabulló al lavaperros de Joseph, lo atribula con mil preguntas, pero él sólo quiere besarla. Sam le pide que entren, tienen que irse de allí porque tal vez Joseph ya sabe donde están. Julia lo abraza emocionada y cuando va a cerrar la puerta alcanza a ver una sombra que se mueve en los pasillos del motel. Como un francotirador Joseph sale de una de las esquinas y apunta a la pareja. Julia lo mira aterrada, mientras Sam voltea su rostro hacia el pasillo lleno de pánico.







miércoles, noviembre 04, 2009

Del Cielo Azul



La historia era sobre un hombre llamado Mario, viajaba a su interior haciéndose muchas preguntas. Un dolor, varios dolores viejos le molestaban, lo herían. Estaba firmado por un chico llamado Sebastián. Me asombré, y qué grata era mi sorpresa. Me pregunté quién era, cómo era y cuántos años tendría el estudiante que escribía esta historia. Al día siguiente se me acercó curioso para saber si había leído su trabajo. Le pregunté varias veces si realmente él lo había escrito. Frente a mí tenía a un joven muy guapo, con un cuerpo armonioso y una sonrisa que encantaba desde el primer instante. Me pregunté cómo el ejemplo claro del estudiante por el que deliran todas sus compañeritas podía escribir una historia tan conmovedora, emocional, y tan llena de melancolías, como el relato en el que me había sumergido la noche anterior.
Y tal vez como una advertencia, como un sino que nos acompaña aún hoy, casi tres años después, se lo aseguré: "Si tú escribiste esto no descansaré, ni permitiré en ningún momento que uno de tus sueños más grandes en el camino que apenas vislumbras no sea escribir. Te voy a exigir mucho, tal vez demasiado, y en ningún momento bajaré la guardia, porque cada día tienes que ser mejor como escritor, lo que se viene no es nada fácil, pero tienes que hacerlo". 
Y así ha sido, a ratos desfallece, a ratos se pierde intentando cumplir mil y uno de los proyectos que muchos dejan en sus manos y no encuentra la manera de de rechazarlos, tampoco lo quiere, y vuelve a intentarlo.
Desde ese momento nos ha unido no sólo la necesidad por contar historias, sino la complicidad en cada gesto y en cada sueño que nos acerca al perfecto amor que tanto buscamos, sin miedos a sentirlo, sin miedos para decirlo y con esa necesidad primordial de sentir más allá del simple caminar por los trechos que ya una vez fueron trazados.
Y es esa capacidad de vibrar ante la aventura lo que lo ha llevado a tantas nuevas experiencias, a permanecer con los ojos abiertos y los brazos extendidos para que el universo mismo penetre por sus poros, para que la gente que lo rodee, se deslumbre ante sus travesías y ante las historias que sólo él podría contar.
Yo quisiera que con sus palabras se dibujaran los recovecos que en algunos años me gustaría leer, pero también esas mismas palabras podrían ser las de un gran orador que devuelva el aliento a quienes lo escuchan y cumpla realmente con lo que sólo también él comprende que otros pueden necesitar, porque ante cada estancia, cada camino recorrido, sólo él podrá hacernos reír, soñar y entristecer a través de esa mirada suya que no se cansa de explorar.

sábado, octubre 31, 2009

Desgarrar historias

 “Gunard quedó desnudo en el sofá del estudio, sin creer lo que había ocurrido y con un ángel en la garganta, al decir de Rilke. Por primera vez sentía que algo podría distraerlo completamente del mundo. De su propio mundo, y así estuvo dos días, sentado en el sofá, desnudo, esperando a Cécile, sin querer quitarse de encima su olor”. Santiago Gamboa, Necrópolis. Norma. 2009.



Es tal vez uno de los pocos travesaños que estás seguro de querer andar, en esas se la pasa uno desde el momento en que lo decide, aunque si se trata de precisarlo es muy difícil acertar con la fecha o el momento en que se decretó que en la vida lo que se quería con más fuerza era contar historias, y lo mejor, afinar una especie de don que poco a poco se adquiere, no el de escribir porque ese te asalta, se presenta como un hacer irreversible y se adquiere después de mucho rato de teclear, después de muchas manchas de tinta en los dedos, en las manos y hasta en la cara; es mejor una suerte de aura que toma los tonos que se quieren, un haz de luz quitapenas que te permite penetrar en las historias que aún no entiendes por qué la gente te cuenta. O tal vez esté en el rostro y ni uno mismo lo ha descubierto, o en la voz, ¡quién sabe! Pero es un ese algo que hace que la gente se desmorone en frente tuyo, sin ni siquiera sospechar que te pasás la vida arañando historias.

Ayer una vez más sucedió, como tantas otras veces, pero esos instantes aunque fueron muy cortos, permitieron que el aliento se detuviera para imprimirlos hoy en líneas, y mañana seguramente en trozos de celuloide. Salía de Muelle del Hipopótamo, un bar restaurante de unos amigos en el que semanalmente se hace un cineclub más alterno que todos los cines alternos porque el sólo interés es dejarse envolver un rato por esas historias contadas en imágenes. La cita era con Párpados Azules, ópera prima del mexicano Ernesto Contreras. Cada vez que la veo me gusta más, le encuentro más detalles que antes no había tenido en cuenta, y eso que para muchos es la historia más lenta del mundo y en la que no pasa nada. A ratos, quisiera tener el desabroche de un público que gritaba: “agárrala, dale un beso de una vez, emociónate aunque sea un poquito”, tal como sucedió la primera vez que la vi en el Festival Internacional de cine de la Habana en el 2007. Dos soledades en medio de la ciudad latinoamericana más grande de todas: El D.F., dos seres anodinos que intentan recuperarse de un sentir que ya no tienen, de una pasión que ya no existe o simplemente los ha olvidado. Dos tristezas, como las que había descubierto el día anterior cuando tuve que detenerme un rato y preguntarme si lo que había visto no era la realidad de un documental sino la ficción más cruda, la más amarga. Aún está indeleble en mi memoria cada tramo del estreno de La Sangre y la Lluvia, de Jorge Navas, aún duele la historia de Jorge, un taxista derrotado por la muerte inexplicable de su hermano, aún golpea y me hace estremecer el cuerpo el injusto desenlace cuando encuentra en medio de su dolor a Ángela, una mujer que además de solitaria parece como si quisiera desbordarse totalmente en sus delirios; el resultado, como es lógico no puede ser nada esperanzador. Es impecable la película de Jorge Navas, pero tan supremamente dura que pasarán varios días antes de poder regresar a sus crudas aunque bellas imágenes.

A partir de ahora podrá mirarse de otra manera al taxista que te lleve al destino que le marcas, y eso seguramente fue lo que sucedió anoche porque apenas saludé al que me llevaría a mi casa, sin preguntárselo, sin ni siquiera sugerirlo comenzó a contármelo: -Mire, estoy más ardido con esa novia que tengo, ¿a usted qué le parece? -Yo sólo abrí los ojos y sonreí como si me fuera a contar la mejor historia de aventuras. ¿Cómo así le dije? Cuénteme qué fue lo que pasó. En medio de su historia le fui diciendo hacia dónde iba, y el dejó de hacer parte de un simple relato en el momento en que con el mayor ahínco me dijo: -Es que a usted qué le parece, imagínese, yo llevaba 36 horas, 36 horas sin verme con ella- ¡Y uno creyendo que estas sensibilidades de contar las horas y las ausencias no pueden ser más que femeninas!, pues no, ahí está la clara evidencia de que no es así. -Pues sí, 36 horas sin verla, la llamo y le digo estoy aquí cerca de su casa mi amor, salga que tengo muchas ganas de verla ya. Pasé por la casa y ella entró al carro, me puse a darle besos y besos y se emputó, ¿usted puede creer que una mujer se empute porque uno le quiere dar besos y consentirla? -

Yo aún queriendo llamarme al orden me decía, ya, la película la dejaste en el bar, ésta es otra, una más real que la de anoche, la de ahora, y la que seguramente miraras mañana o pasado. -Y más encima la ex está ahí rondando, machacando a diario.-Ah, eso es otra cosa, le dije yo, de razón está tan molesto, ¿no será que usted lo que quiere es sacarle el cuerpo? No, aseguró. -Yo me quiero quedar con ésta, estoy dispuesto a todo con ella, pero me saca la piedra que sea tan agria, tan aletosa, ya quisiera yo que fueran conmigo como yo soy con ella, cantidad de mujeres se mueren porque uno sea así, pero va a ver, la voy a dejar esperando hoy, no la busco más a ver si se muerde. - Si le gusta tanto, pues insístale, de pronto es que nunca la habían tratado así y le da miedo. Ahí estaba yo nuevamente armando historias, hilvanando sentimientos que no me pertenecen, pero que me han contado como lo hizo este taxista, un hombre que ha podido llamarse Jorge, como el personaje principal de La Sangre y la Lluvia, pero éste no era un personaje, aunque hoy ya lo sea cuando se insiste siempre en que el primer y único deseo es desgarrar historias.

domingo, octubre 18, 2009

"Buscar las canciones... Es como ir de pesca"





"Mucho gusto", dice en casi perfecto castellano una voz inconfundible. Grave, cascada, como si llegara desde el fondo de un pozo oscuro. Esa voz que alguien definió hace tiempo como "Louis Armstrong cantando desde el infierno".

Tom Waits, como una voz, aparece y desaparece del candelero a su gusto. Durante seis años no editó nada de nada. Tras el largo silencio, en 1999, salió a la venta "Mule variations" (que, inesperadamente, vendió más de un millón de copias) y, hace un par de meses, se despachó con dos álbumes en simultáneo.

"Alice" y "Blood money". Ambos, fruto de trabajos teatrales junto a Robert Wilson. Su castellano -asegura Waits- tiene explicación. "Mi padre era profesor de español, así que cuando era chico pasábamos cada tanto algún tiempo en México, en los bares, las barberías, los cafés. Tengo muy buenos recuerdos de esos viajes." Bares, barberías, dice. Allí, se sospecha, empezó a descubrir esos personajes marginales que convertiría en relatores de sus canciones, en protagonistas de historias de perdedores y freaks. Y de la propia. En algunas entrevistas ha dicho que nació en el asiento trasero de un taxi, en otras sitúa el origen en un camión. Coincide el lugar, Pomona, California. Y la fecha, diciembre de 1949.

"El origen de mis canciones siempre es algo muy pequeño -cuenta-. Un breve intercambio de palabras en el mercado, o una persona que veo, sola, en la parada del autobús, o alguien que busca a otro en un bar la noche de Año Nuevo. O recuerdo a alguien que conocí cuando era chico. Luego, es como soñar despierto, parte verdad, parte ficción. A veces, simplemente, estoy cantando sin saber bien qué. Es algo que no podés evitar y que los chicos hacen todo el día. Por ejemplo ayer, estuve en la playa y había cinco pequeñas niñas jugando, gritando, riendo, llorando, corriendo. Ese sonido que hacían es el mismo en cualquier parte del mundo".

Los dos discos están basados en proyectos teatrales, ¿es diferente a cómo trabajas para otros álbumes? -Pienso que las canciones son películas para los oídos y las películas son canciones para los ojos. Cuando buscás las canciones, es como si dieras vuelta los ojos para mirar dentro de tu cabeza. Si te quedás quieto y tenés habilidad, podés conseguir las mejores. Es como ir de pesca. Los peces grandes son los más inteligentes, por eso son grandes, porque no se han dejado cazar (dice, y lanza una risotada). A las pequeñas las tenés un ratito y después las volvés a tirar al agua. A Waits le gustan las metáforas, y no sólo las de pesca.

Ha dicho que las mejores canciones salen de la tierra, como las papas, o que tienen que ser como un martillo, simple y fácil de agarrar. Y recurre a lo cotidiano y culinario para hablar del trabajo en colaboración con su esposa, la dramaturga y guionista Kathleen Brennan, con quien comparte la autoría de las canciones de estos álbumes. "Es difícil decir cómo lo hacemos. Es como las tareas de la casa, como hacer una comida. Uno hace compras, otro abre la lata, otro pasa el queso". Y agrega que para componer muchas veces utilizan los sueños de ella. "Tiene ese tipo de sueños sabáticos, estilo Jerónimo Bosch. Los recuerda y los escribe. Yo no. O tal vez éste sea el sueño y, cuando vamos a dormir, la verdadera vida comienza. Como eso de si el hombre sueña que es una mariposa o la mariposa sueña que es un hombre; la de Li Po." Su admiración por su esposa parece no tener límites: "Es la mejor. Es la Mujer Maravilla. Usa un traje enterizo, capa y máscara y se para en el techo, frente al viento. Ella es quien lee los libros y me los cuenta", confiesa.

Dos caras de una moneda Las canciones de "Alice" fueron compuestas para la obra de Wilson estrenada en 1992 -fue, durante años, el "gran disco perdido de Waits"- y está basada en la relación fascinada de Lewis Carroll con Alice Liddell, la niña a quien le contaba los cuentos que luego se convirtieron en libros. "Sí, no es la historia del País de las Maravillas, sino la de la hipotética obsesión que el autor tiene con esta joven niña, que le dispara algo inesperado en su cerebro, como si tuviera un clavo oxidado en su mente. En verdad, empieza siendo sobre Carrol, pero en el fondo es sobre todos. Sobre obsesión, romance, locura y fiebres en la mente. Fiebre cuando me besás, fiebre cuando me abrazás fuerte, fiebre en la mañana, fiebres durante la noche".

El otro, "Blood Money", cambió su título en el pasaje del teatro -"Woyzeck", de Georg Büchner, adaptada por Wilson- al disco. Y, también, es sobre pasión y locura. En este caso, la de ese soldado que, entre experimentaciones médicas e infidelidad conyugal termina en el crimen. Los autores en que se basó -Carroll, Büchner- son europeos y del siglo XIX. Waits decidió quitarle protagonismo a la guitarra, en favor de instrumentos extraños: pump-organ, chamberlain, calliope, stroh violin. Igualmente, ambos se distinguen entre sí. En "Alice" predomina el clima de cabaret alemán y de canciones de bar, mientras que "Blood money" suena a carnaval oscuro y extraviado. "Grabé ambos en el mismo período de tiempo -cuenta.

Fue un desafío hacer que cada uno sonara único, con diferentes texturas y climas. -Ese desafío, ¿fue una elección? -No lo sé, las cosas buenas vienen de a pares. Y decidí sacarlos juntos porque estaban terminados, simplemente. Estamos fertilizando la era del comercio (agrega y ríe con ganas e ironía). Estos discos son como socios en el tiempo, vinieron como mellizos. En otros discos, Waits acostumbraba grabar en el exterior, fuera del estudio. En estos dice, lo ha utilizado sólo para grabar el calliope (un instrumento voluminoso utilizado por los circos). "Cuando elijo grabar afuera es porque pienso que el mundo va a colaborar. Los aviones cambian los acordes, están los gallos, los niños. Cualquiera puede entrar en una habitación, cerrar la puerta a prueba de ruido y grabar. Pero la grabación afuera tiene otro gusto. Todo lo que escucho suena como música para mí, y no encuentro motivo para eliminarlo, me gustan los sonidos del mundo.

Es en su auto, también, donde dice que le gusta escribir canciones. "Siempre llevo un grabador, de los comunes, y me voy grabando". -"What´s he building?", del CD anterior trataba sobre la desconfianza al extraño. ¿Se ha agravado ello? -Sí, tenemos miedo uno del otro. Se respira mucho desprecio y temor, la gente imagina cosas terribles de los otros. Yo tiré mi televisor a la pileta de natación porque prefiero leer diarios. Podés hacerlo a tu ritmo y podés guardarlos. En cambio, la tele pasa a través tuyo como el agua. Es un tiempo difícil. Todo el mundo está en llamas, y yo no tengo respuestas. A la vez, es interesante, crisis y oportunidad son una misma letra en el alfabeto chino.




-Has trabajado mucho en cine; ¿hay algún proyecto futuro? -No por ahora. Aunque tal vez el camino me lleve por allí otra vez. Me interesa el cine, pero prefiero las canciones porque estoy a cargo (y vuelve a reír, tal vez de ese sí mismo a cargo). Son mis películas, las invento y logro habitarlas. En cambio el cine es algo enorme. Aunque siempre estoy en contacto con Jarmush. Lo quiero mucho, haría cualquier cosa con él. Con respecto a los discos dice que sólo saldrá a tocarlos por unas pocas ciudades. Sí, se sabe que no le gustan mucho las giras. Y cuando lo hace, como para "Mule variations", son apenas unos pocos shows, breves -de una hora- y a precios caros. Pero lanza una carcajada cuando la pregunta es si no le gusta la vida de la ruta o si se aburre de tocar algunas canciones. "Hay algo de cierto en eso. A veces las canciones comienzan a disolverse cuando las llevás a la ruta. Algunas sabés enseguida que las vas a estar cantando por 20 años, y otras que las vas a cantar una vez y nunca más. Es como si tuvieran su propia vida. Algunas están dispuestas a salir al mundo y hacer dinero, otras tienen miedo de dejar la casa."

Adriana Franco


domingo, octubre 11, 2009

Ya no

Gracias a Héctor Abad Faciolince que se ha enamorado de estos maravillosos versos... 






Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.


Idea Vilariño


http://www.poema-de-amor.com.ar/poemas-de.php?autor=667


miércoles, octubre 07, 2009

UNA MANCHA...


El semestre estaba llegando a su fin y había poca gente en la universidad donde había enseñado ese semestre, era lo único que hacía por esos días: clases de guión. Dos grupos, inmensos, chicos muy jóvenes de diversas ciudades de Colombia que me escrutaban como si pensaran que a través de mi mirada descubrirían el mundo. Me acerqué a uno de ellos, John, desde su primer ejercicio de escritura supe que tenía muchas historias por contar. Ahora mis clases ya se acababan y yo sentía que a él le faltarían muchas más decir. Me dijo: "profe, me voy", lo miré un tanto asombrada, cómo, le dije, si te ha ido tan bien acá, sos muy bueno. No profe, no me ha entendido, me voy a estudiar literatura, usted me cambió la vida, profe. Ya hablé con mis padres y ellos están de acuerdo. A mí en ese momento no me importó un ápice que se me llenaran los ojos de lágrimas, la partida de John era tal vez la primera gran pulsión que necesitaba para amar con gran fuerza la docencia.
Pero no lo dejamos ahí, decidimos unos pocos reunirnos los sábados con el sólo interés de leer y escribir por un rato, era similar a un taller, pero sin reglas, sin maestros, o sí, los grandes escritores que leíamos. Después, una sola intención y una sola intensidad: contar historias.
Algunos años han pasado desde esa tarde, hoy me llegado este mensaje que nace de esos sábados en la tarde, me llena tanto de emoción que simplemente lo reproduzco junto a un cuento de John:


Rezagos de las lecturas en voz alta y de los talleres de escritura: Esto lo publicó una amiga mía casi sin darme cuenta, hasta que hoy alguien me llamó por teléfono y me dijo q' le había gustado lo que escribí; no sabía de qué me estaba hablando, hasta que me dio el link y me puse a buscar en esta revista. No sé pero de todos modos chequeénlo, e igual, cuando lo leí me acordé de las tardes en que todavía escribía como una cascada y en el que las palabras eran como imágenes rápidas sin que todavía llegara la pausa, en esas veces en que ibamos los fines de semana a escribir donde la "profe".


Una mancha, una casa, dos manchas, un vecindario,
tres manchas, un barrio, un bloque,
una azotea, un ladrillo, unos muros, un potrero, un
caño, muchos muros. Una mancha, un paradero, dos
manchas, el camino de un zorrero, tres manchas, los
parqueaderos y los autos abandonados, un ladrillo, fin
de la ciudad, un bloque, muchos bloques. Ladrillos, pedazos
de tierra esparcidos por las periferias, muros de
arena que ocultan el oriente, construcciones de cubos
de arcilla donde todos se hacinan, donde los parlantes
escupen música por las esquinas, los buses devoran a las
personas, donde no hay aire y espacio, donde todos sueñan,
nadie dormita y alguien se busca la vida gritando
en las esquinas. En todos los ladrillos que observo, en
todo lo que se escapa con el letrero de EMERGENCIA
de los vidrios y que hace parte del paisaje por la ventana,
en los derredores de la ciudad, todo esto que cuelga,
que se amarra a través de las laderas de los cerros y de
los inmensos árboles que se estancan en los humedales,
hay personas que viven suspendidas, pendiendo a través
de nudos, colgados con sus casas sobre tendederos de
ropa, sujetados por ganchos que se aferran al cielo, más
allá de los puentes y los edificios altos. Y los ladrillos,
los muros, las calles, los barriales, las vitrinas, las verduras,
los puestos de madera y las astromelias, los avisos
de colores, expuestos al sol y al agua, tendidos bajo el
hedor de los basureros y los mosquitos del río. La gente
va y viene, astillando las montañas, pulverizando a
la tranquilidad, sujetándose como puede para no caer,
para no desengancharse y dar contra el suelo, subsistir
a través del viento y sobrevivir de los fuertes aguaceros
de la sabana y resignarse. Los ladrillos, los bloques, las
casas, las manchas. Y alrededor de la ciudad gente colgando,
personas a millares, chocándose unas con otras
como termitas y carcomiendo lo que encuentran con el
favor de Guadalupe, el Divino Niño y el Señor de Monserrate,
sobre un inmenso pedazo de madera a punto
de colapsar.


John Edison Carrillo



 


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