viernes, abril 02, 2010

A Solas con Margarita Rosa de Francisco



En este bendito y de vez en cuando maldito intrígunlis que se le vuelve a uno la vida, se es de emociones y de razones. Cuando son las emociones, en pocos momentos, que ojalá fueran muchísimos más, viene la maravillosa perspicacia, en muchas ocasiones a hacernos aterrizar y a darnos golpetazos de los que a ratos es muy complicado incorporase invicto. Pero también, ¿y por qué no?, es delicioso entregarse sin miedo a las emociones, ésas, quedan indelebles, las sensateces se recuerdan, aunque no dejen tantas huellas como los estremecimientos.
Así no aparezca en ninguno de los diccionarios del español, no hay tal vez nada mejor que destutanarse por lo que se siente, por lo que se sueña, por los sobresaltos de otros que nos turban también a nosotros. Finalmente es por eso que se atraviesa de un lugar a otro, por sobrecogerse al mirar, al leer, al cantar, al escuchar una historia que tal vez se escuchó de antes, se vivió, se miró de cerca o de lejos. 
Aunque lo he intentado, juro que lo he hecho, pocas veces he logrado que la mesura le gane a los excesos, como ayer en la noche cuando volvieron a ganar las conmociones y en el marco del Festival de Teatro estuve en el estreno de A Solas con Margarita Rosa de Francisco, del gran escritor y director Sandro Romero Rey. No podría ser distante ni objetiva, por una y otra coincidencias que me permitieron estar cercana a varios de los momentos de la historia que Margarita Rosa entrega sin reservas, como si estuviera A Solas, en su más profunda intimidad.
Hace mucho tiempo ya, tanto que ni importan las fechas exactas, de nuevo, lo que interesan son los sobresaltos, en esas épocas en los que mis profesores intentaban calmar tantos ventarrones, comenzó un nuevo año escolar y llegaron al colegio un grupo de chicas que muy pronto llamaron la atención, pero una de ellas, aunque hacía varios esfuerzos por no hacerlo, no podía pasar desapercibida. Su nombre era Margarita Rosa, hija de dos seres maravillosos, ella, reina de belleza y diseñadora, él, un arquitecto que prefería cantar y actuar. Al poco tiempo después, Margarita no sólo aparecía en diversas publicidades, hacía también parte de una película dirigida por Pascual Guerrero, a la que llamaron Tacones. Nuestros encuentros largos eran en el baño del colegio, coincidíamos cuando nos habían obligado a peinarnos porque pretendíamos hacerle la competencia al león de la Metro Goldwyn Mayer, ahí comencé a conocerla, aunque no creo que se termine de conocer nunca su fuerza, su desmesura, su entrega y su grandeza.
Después llegaron otras maravillosas casualidades, comencé a escribir para El País, de Cali y la entrevisté, luego un amigo en común, el maravilloso pintor Carlos Alberto Zuluaga, nos hizo reencontrar. Pero tal vez el momento imborrable fue en 1993 cuando tuvimos un inmensa reunión para un proyecto al que muy pocos le apostaban y la desproporción de su éxito nunca nadie la alcanzó a calcular.
Recuerdo como si fuera ayer aunque ya han transcurrido diecisiete años esa primera escena que grabamos en la que Margarita se desplazaba de un lugar a otro en un hotel con su personaje, Teresa, que aún no se había cambiado el nombre a Carolina Olivares. No hablaba, sólo caminaba y yo desde la móvil haciendo mi trabajo de script me quedé mirando como ella, experta manejando zapatos altos en su trabajo como modelo, torció los tacones y caminó con la inseguridad de una recolectora de café a la que llamaban Gaviota, aunque aún no habíamos siquiera mirado un cafetal. Mire muy seria a Pepe Sánchez y le dije, Pepe, esta mujer va a enloquecer a Colombia entera, pero jamás imaginé lo que propiciaría ese fenómeno llamado Café con aroma de mujer. Era ella y nadie más que ella, no nos digamos mentiras, claro, no se puede dejar de un lado la historia, el mejor elenco de actores, el inmenso director, todos los que conformábamos el equipo técnico que durante dos años contamos esa historia, pero ese magnetismo, esa fascinación es intrínseca de Margarita Rosa, aquélla a la que la cámara en cualquier formato adora y la que desde el proscenio envuelve al público que hoy hechizado no deja de aplaudirla.
Vino después Antonia, la corredora de bolsa de Hombres, aquí hago un alto porque mi trabajo como editora de esta serie en televisión es lo que más me hace enorgullecer, por infinidad de motivos, pero en primera fila, reencontrarme con Margarita Rosa, asombrarme de nuevo con su entrega, su capacidad para arrollar, y claro, en el mismo renglón, todo lo que aprendí del Maestro, del amigo, de esa desmesura llamada Carlos José Mayolo.
Pasan los años y ahora que me atrevo a confesar que mi gran proyecto es contar historias, siempre vienen a mis recuerdos esos momentos y muchas histriones que me asombraron y lo siguen haciendo, pero nadie como ella, seguramente es por eso que se convierte en el Jean Pierre Léaud de Francois Truffaut, o en el Robert de Niro, hoy Leonardo Di Caprio de Martín Scorsese, tal vez también, razón por la que es la imagen de Margarita Rosa con su inmensa capacidad de entrega la que llega a posesionarse del personaje femenino que está en cada guión que he venido escribiendo en estos años de querer sólo narrar.
Bastó que comenzara la función para que ella lo reafirmara, y claro, no podría negar que me sentí demasiado cercana porque esa historia también hace parte de mis vericuetos, pero hay un mucho más allá, sólo Margarita Rosa podría haber ofrecido esta renuncia a lo más profundo de su ser, sólo ella en la búsqueda de "este desenlace feliz", tendría la entereza que mostró en su estreno para brindar su más íntima esencia y su verdad.

Archivo del Blog

Acerca de mí

Mi foto

Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

Seguidores