martes, mayo 26, 2009

Los Mejores, de Pedro Guerra, con Ismael Serrano

Con esta canción correrán los créditos de Mano Negra... yo sé que sí.

miércoles, mayo 20, 2009

Tildar a la Magdalena

El viernes 15 de mayo era el día del maestro, como donde estoy ahora me separan siete horas de casa, pensé en varias frases que quería fueran encontradas por mis compañeros apenas abrieran sus correos en cada oficina, pero sólo dos ínfimas frases brotaron ese día, la razón: en mi correo no sólo no había aún recordatorios, alientos, besos a distancia, lo que había era un mensaje de un estudiante en el que me informaba simplemente que había decidido no contar más conmigo en un proyecto que trabajamos desde hace varios meses. No sólo, también, no existe ninguna razón valedera para que esto suceda, sino que la exclusión se resume a justificaciones, si se les puede llamar así, del mayor talante de mediocridad, infantilismo, provincianismo y el que podría tener los mayores “ismos” posibles aunque no pueda ahora conjugarse, la ignorancia pura. Y claro, se quiere en principio solucionar de la mejor manera, pero vienen entonces a la mente los mil y uno cuestionamientos del significado que implica ser maestro, ser un guía, un amigo, un experto en el que se depositan a veces, demasiadas expectativas, otras, erróneas creencias. Muchas veces me he preguntado por qué soy maestra, hace no sé, pueden ser quince años. Recuerdo muy bien que Fernando Vélez, especial amigo y renombrado director de cine me dijo hace muchos años, cuando apenas estaba saliendo de la Universidad del Valle, que él iba a ser parte de la primera y única escuela de cine que se estaba fundándose en Colombia, la de la Universidad Nacional, me dio pánico total, le dije que no estaba preparada para enseñar en una Facultad de Cine cuando apenas había estado en contacto con un rodaje y cuando sentía que sería muy difícil igualar o al menos alcanzar un poco a maestros como los que tuve en la universidad, entre ellos Carlos Mayolo, Óscar Campo, Ramiro Arbeláez, Jesús Martín Barbero, Sergio Ramírez, Margarita Garrido, y se me quedan, varios más. Años, varios años después, lo llamé para decirle ahora sí, estoy preparada. En ese momento comencé a dictar clases. Y claro, de la manera menos académica. Mi experiencia estaba en los rodajes, en el día a día, en todos los momentos que logré evadir las extenuantes horas de grabación y montaje para escabullirme a un cine o leerme las teorías sobre el cine que me hacían, me siguen y me seguirán haciendo falta. De esa manera “poco” académica comenzaron a nacer tantas, pero tantas pasiones que hoy están en los créditos de varias películas, en series de televisión, en directores, en guionistas, en muchos chicos que se han contagiado de esta obsesión por contar historias y realizarlas audiovisualmente, de muchos que como decía Carlos Mayolo se dejaron inocular este mal, el virus de hacer cine que sólo obtiene su antídoto cuando se está en el estreno, pero el virus se inocula nuevamente porque mientras se está en la premier se tienen bajo la manga cuatro o cinco historias más. La gran mayoría lo han entendido con una o dos frases, otros no. Eso también debe hacer parte de ser maestro, aunque como profesor lo que más se quiere es que, como en varias ocasiones ha pasado un estudiante venga y te diga: “profe, me has cambiado la vida”. No estudié para ser maestra, pero sí lo aprendí, de la vida diaria, de tantas experiencias, de los viajes, del cine, de la literatura, de la música. Pero llegó de casa, mis padres son maestros, fueron maestros durante muchos años en la Universidad del Valle, y llegó también en primera instancia de la persona que tomé como modelo de lo que era ser un profesor: Margarita Garrido que primero fue mi vecina; cuando tenía 12 años me enseñó a ser la niñera de su hija menor, luego me enseñó lo poco que sé de conducir un auto, en su casa había un póster inmenso de El Árbol de los Zuecos, de Ermano Olmi y las Odas de Neruda, y muchos libros que dejó a mi albedrío, ella me regaló el día que me gradué de bachiller un libro de memorias de Liv Ullman, la actriz y esposa de Ingmar Bergman, ella también en ese momento era mi profesora de historia, luego lo volvió a serlo en la universidad. Y nunca confundimos ni por la más mínima instancia, qué diferencias había entre una y otra relación. Ella me llevó también de la mano para presentarme profesores de arquitectura primero, luego de comunicación, soy de las pocas que puede decir que pudo estar de oyente en clases de nada menos y nada más que de Jesús Martín Barbero, y todo gracias a ese apoyo que ella como maestra y amiga me dio. Hoy, nos tomamos un café de vez en cuando y siempre la recuerdo como una de las personas que cambió mi mundo y abrió muchas puertas que no sabía que estaban allí esperándome para cumplir mis sueños. Por eso ella fue ese modelo y lo que hice fue imitarla a ella y a los profesores que tuve luego. Así fui buscando de alguna forma ser particular, si se quiere especial. Salgo muy bien librada de las terroríficas evaluaciones y también a veces hay excesos de cariño, de expresiones, tal vez por la pasión que me desborda por lo que hago y muy pocas veces puedo dominar. De lo que sí no salgo bien librada casi nunca es de los fanatismos y también de lo que producen en otros los excesos y expresiones de amor que han profesado en tantísimas ocasiones los chicos que hoy veo convertidos en profesionales. De lo que no salgo tampoc bien librada es de los juzgamientos por todo el amor que dejo en cada uno de los proyectos que emprendo con mis estudiantes. Pensaba tomarme más días para escribir sobre esto, intentaba, ahora que he vuelto a ser estudiante, reflexionar desde el otro lado del camino y comprender. Pero es muy difícil la comprensión cuando la vida, no los libros, te dicen que la razón está de tu lado. Es muy sencillo tildar y acusar cuando lo único que realmente se está haciendo es entre otras, juzgar con la misma vara con la que se mide. La analogía podrá ahora ser más que tildada, pero realmente me importa poco. Pensaba hoy en Magdalena, en la mujer que por su visión fue apartada y acusada de la manera más primaria e ignorante. Lo más inaudito es que tantos miles de años después se siga recurriendo a ese acto tan absurdo de tachar a una mujer de prostituta para instaurarla en el muro donde cualquiera puede ir a escupir sus odios y sus impotencias.
Sigo sin entender el porqué, y esto hay que reconocerlo, es una estrategia tan estúpidamente femenina que avergüenza completamente. Cada vez que se quiere contaminar, manchar o borrar toda la labor de alguien lo más sencillo es asegurar que todo lo ha conseguido como lo hizo, según las inmensas mentiras que nos han contado desde milenios atrás la Magdalena. Es como hundir la tecla borrar del computador y querer desaparecer la historia que llevamos años escribiendo con pasión, con dolor, con amaneceres y sacrificios de uno y otro tipo, sólo con decir que todo se ha conseguido ejerciendo el más viejo de los oficios. Y podría ser así, por qué no, tal vez se parecen mucho estos dos oficios, en su mayor porcentaje los hombres que recurren en su iniciación a una prostituta lo hacen para que ella los ilustre en las lides del amor de los que ellos son completamente inexpertos, algunos aprenderán como el mejor de los alumnos, otros confundirán la pasión de los cuerpos con el amor que creen comenzar a sentir por esta mujer hábil en ese sentimiento más viejo que ella. Algunos nunca olvidarán esa experiencia y otros se irán sin siquiera agradecer todo lo que aprendieron. Los maestros de alguna forma entonces somos como esas mujeres erróneamente llamadas Magdalena, impartimos nuestros viejos saberes, compartimos secretos antes no dichos, y además muy pocas veces, como ellas, recibimos un pago que realmente valores el coste de todos los años que dedicamos a nuestras labores. Y por si fuera poco, como las prostitutas, muy pocas veces se reconoce ante nadie dónde aprendieron y adquirieron la experticia que hoy los hace superiores. O como en este caso, recibimos del que menos esperábamos porque se había convertido de alguna forma en uno de nuestros más cercanos o preferidos, porque somos humanos, y también nos cautiva alguien más que otro, nos asombra, nos sorprende, nos supera y por ello pensamos que estos actos de admiración de alguna forma serán una forma de valorar a los que nos debemos, pero no siempre es así, seguimos sin aprender aunque enseñemos, el pequeño milagro es que seguramente seguiremos intentándolo.

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Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

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