lunes, junio 26, 2006



Arte: Ingrid E. Villamizar


¿Azul Quitapenas? ¿De dónde parte ese nombre? De varias y hermosas coincidencias; de Luz Quitapenas de Juan Carlos Baglietto, de una espigada botella azul de tequila que tiene un campesino grabado en su parte anterior y aunque el desbordado sombrero cubre su rostro, en él se dibuja la gran tristeza que este elixir podrá sosegar, de Javier Calamaro con su trabajo musical Quitapenas, del maravilloso encuentro semanal con la columna de Héctor Abad Faciolince, y de la primera vez que se disfruta de Los amantes del círculo polar, que produce emociones tan fuertes como querer empezar a escribir una novela que tenga por título El hombre Azul Quitapenas, y que a pesar de no estar terminada, hoy nombrándola  comienza a ser. Simplemente, es.




domingo, junio 25, 2006

El maravilloso Edward Hooper y las historias en cada uno de sus cuadros

MIS PEDACITOS DE VIDA



Son instantes de amor, de placer, momentos y pedacitos que se le roban a la vida para simplemente sentirse y casi congelarse junto con esas imágenes que devuelven el tiempo y el aliento. ¿Y entonces? Lo que me gusta: las muertes, pero en Venecia; la tristeza, pero de Werther; Meme la hija Remedios la bella, desnuda entre mariposas amarillas; la tos de Hans Castorp por los encuentros con Claudia Chauchat; Florentino Ariza escribiendo esta cuca es mía, el amor de Heathcliffe, los amantes famosos y cronopiosos, los grabados de Doré en el Quijote, las historias en las pinturas de Hooper, los ojos de amor que ya no aman por tanta táctica y estrategia, las noches con tu sombra y la mía, convertidas en una sola sombra larga, los Detectives salvajes de Bolaño y sus Llamadas telefónicas, Millás con sus zapatos nonos, Vicent con su Son de mar y las Desgracias de Coetze, Pink Tomate, y Sven, que pide un beso en la mitad de sus sueños ensangrentados, La mona de Andrés, Caicedo, claro; el Víctor Silanpa de Santiago Gamboa, Susana y Rodrigo, los amores furtivos de Abad Faciolince; los otros amantes furtivos que despiertan en la madrugada con piedras en la ventana, los besos, muy, muy largos. Las despedidas tristes y los encuentros esperados; los hombres que huelen a recién bañados, los muy altos que llevan un gabán negro, las fronteras que se atraviesan después de derrotar botones; los preámbulos, las miradas cómplices, los maestros que te asombran con sus sueños, unas manos delgadas, fuertes y llenas de vellos rasgando cuerdas de una guitarra; los hoyuelos que se forman en un rostro tostado por el sol cuando toca un saxo; el piano de Fito, cuando canta Un vestido y un amor, La canción para mi muerte de Charly, Aute con su “cine, cine, cine…” y Serrat en el Zócalo de México, cantando Penélope y No hago otra cosa que pensar en ti; el tubófono silifónico cromático de los inventores sureños y los domingos con el Canto de la ternura de Piero. Los abrazos de sol en playas San Andresanas. Bailar Sofrito y Déjala que siga, después de Agúzate. Los vientos y aromas nuevos; el nardo y el jazmín que irrumpen, las frésias que hacen estornudar, las margaritas blancas en un jarro azul, las asterinas moradas, la elegancia de los agapantos y las violetas desbordadas en púrpura, los plantíos de girasoles y el sabor dulce de la caña de azúcar recién cortada. El chocolate caliente y los chocolatines, y las alegrías de a peso, aunque engorden. Lo, y los prohibidos; diablos como Belcebú, pero cuando lo nombra Mercury con sus Palabras de amor; la exagerada boca de Mick, la risa de Louis Armstrong, la tristeza de Billie, el Hoochie Coochie de Muddy, el negro Ray, el Bolero de Ravel y el Adagio de Albinioni, la inmensa melancolía de Janis, Andrea Echeverry diciendo retrechera y morronga, las piernas de Carlos Vives, el parce Juanes con su camisa negra, “Acaso te llamaras solamente María...” de Goyeneche, y Edmundo Rivero. La nostalgia del bandoneón de Piazzola, las curdas, las crudas y los guayabos. Los cielos desbordados en colores de los caleidoscopios. Cali, mi Cali, mi barrio San Antonio, la brisa de las tres de la tarde; mi madre repitiéndome día y noche "cuídese mucho mamita y no deje de cumplir sus sueños”, la voz de mi padre diciéndome: "Quihubo ve" y contándome historias de un niño que fue quien seguramente años después lo llevó a convertirse en pediatra, mi sobrino cuando tenía un año y pronunciaba mi nombre y ahora cuando me muestra sus trofeos; y mi otro sobrino con la boca y la nariz repletas de chocolate y haciéndole coro a Mercury en We will rock you. El brillo en los ojos de mi hermano cuando se sienta a mirar Cristo Rey y las Tres cruces desde la terraza del lugar que él mismo construyó; el embeleso de mi hermana mirando una exposición de Andy Warhol. Los viajes interminables, el sabor del mar que llega con las olas al malecón y la bodeguita en la Habana, la interminable Avenida Insurgentes en el Distrito Federal, el puente de Brooklyn, la Estación central de Los intocables, el Empire State y la quinta avenida de la gran manzana. Los recuerdos, las cartas largas, los sueños. Los alientos largos...y los cortos, en 24 cuadros por segundo. Dormir en posición cuchara como Frankie y Jhonie, la fila interminable de besos y lágrimas en Cinema Paradiso, los steady cam de Scorsese, los atardeceres azul quitapenas de Betty Blue, Travolta, siempre, pero más, con Tarantino, las nalgas de Brad Pitt en 12 Monkey’s, la eterna melancolía de James Dean, las pesadillas de Brazil, los gritos en la escalera de Odessa, el lunar y la voz de Robert de Niro, los secretos de Charles Foster Kane, el montaje de los andamios en El Show debe Seguir, y allí mismo, el encuentro con la bella muerte. Marlon Brando tocando la armónica en el Último Tango y él mismo, pero como el capitán Kurtz, hablando del horror, Rick regañando a Sam porque toca en el piano As Time Goes By cuando se encuentra con Lisa; el Casanova de Fellini con esa mujer gigante, el rostro de Nosferatu, la nariz de Depardieu en Cyrano, los planos secuencia de Antonioni, El cuchillo en el agua de Polansky y el de la tina de Hitchcoock, El Baile, completo, las historias tristes y las mujeres de al lado de Truffaut, el amor de Mick y Mallory, el primer plano del reloj de Mickey en The Wall, Lilian Hellman leyéndole a Julia su pequeño homenaje y mandando la máquina de escribir a la porra en Julia, el plano cenital de Sbaraglia abrazando a su amante en Plata Quemada, los burgueses caminantes, Grandinetti desnudo entregando su corazón y el mismo Grandinetti, pero tratando de capturar sueños; la máquina de humo en la estación de Sur, los créditos de mis amigos en la gran pantalla, la larga conversación entre Sailor y Lula sobre el cigarrillo; fumar, tomar café y charlar. Ir a clase cada tarde, pararme frente a un cerro de libros y soñar que algún día, uno de esos, tendrá mi nombre en la portada. Y creer que las palabras tienen química y vida propia, como la gente, porque arrunchan, apapachan, acuepechan y enamoran.
Adriana Villamizar Ceballos

viernes, junio 23, 2006

Archivo del Blog

Acerca de mí

Mi foto

Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

Seguidores