lunes, noviembre 20, 2006

Los Infiltrados

Nadie lo iguala, definitivamente. Cuando uno sale de ver una película de Scorsese dice, ésta fue, es la mejor. Pero siempre nos vuelve a robar las mismas frases en cada uno de sus estrenos. The Departed es Martín Scorsese en toda su extensión y mucho más. Si nos tiene acostumbrados a maravillosas bandas sonoras, ésta es insuperable. Si nos asombra con la dirección de actores como DiCaprio, en esta película nos deja con la boca abierta por su interpretación. Y qué se podría decir de cada escena de Jack Nicholson, quien además de hacernos carcajear con cada absurdo elemento que utiliza para crear su personaje, nos recuerda el horror que pudo causar el personaje que representó en The Shining, con el gran maestro del cine Stanley Kubrick. La historia es narrada por uno de los personajes, a eso también nos ha acostumbrado el director newyorkino, pero son los guiños que termina haciéndonos a los enfermizos seguidores de su cine, de su autoría inconfundible en cada uno de los planos en los que claramente se nota la diversión, el tomarse la vida y lo que se hace con toda la calma y la inmensa sabiduría que es imposible pasar por alto. ¿Hasta cuándo tendremos que esperar que los grandes jurados de la academia le den el lugar y el tributo merecido a Martín Scorsese? Este año seguramente será igualmente nominado en no sé cuántas categorías y nos quedaremos esperando como siempre que la estatuilla quede en sus manos. Pero no importa si nos dejan con la rabia de cada año, lo claro es que muy pocos pueden estar a su altura, muy pocos, a pesar de la brutalidad y lo sórdidas que puedan ser sus historias, tienen esa capacidad soberbia para contarlas.

viernes, noviembre 10, 2006

Más Pedacitos de Vida

Y más alientos, nuevos alientos… Me gusta cuando me ataca el llanto en medio del recorrido del bus que me lleva a la universidad, como esta mañana cuando un bebé movía sus piecitos gordos y arrugados. Y entonces recordé que en quince días me operaran por vez primera y a partir del día siguiente cualquier posibilidad de concebir quedará en el olvido, ese dolor que reafirma las decisiones que tomé hace muchos años con ahínco, esa tristeza, también me gusta así duela. Me encanta hablar de la melancolía de Betty Blue, de los amores que a pesar de su inmensidad no pueden ser, y me gusta preguntarme todo el tiempo por qué. Me gusta cuando estoy llena de nostalgias y en la pantalla del celular aparece el nombre de uno de mis alumnos de Bogotá que un año después siguen llamando a decirme que les hago mucha falta y que les cambié la vida, en esos momentos entiendo por qué tomé las decisiones apresuradas e irreversibles que me trajeron de nuevo a casa después de más de quince años. Me gusta cuando otro de esos alumnos me trae algo, lo que sea en color morado, porque saben que me priva y que todas sus variaciones cromáticas hacen parte ya de mi misma. Me encanta ser profesora, aunque extraño mucho estar en grabando o filmando y mis persistentes trasnochadas frente al Avid enredando la pita de una y otra historia en la que realicé el montaje. Pero es que cómo se puede olvidar el rostro de un muchacho cuando descubre que él también puede contar historias y verlas en la pantalla, eso es imposible de no mirar. Cuando te dicen: “profe, decíme si esta frase no es la putería, me la inventé yo”, a mí se aguan los ojos y eso me fascina. Me gusta llorar como decía Oliverio Girondo, “A lágrima viva…Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría…Llorar improvisando, de memoria”… Me gusta cuando canto a todo pulmón y bailo sin que nadie note mi presencia, cuando escucho El Romance de Curro, el Palmo y salen una a una las lágrimas y no puedo contenerlas, cuando la pantalla dice Fin y se me hincha el corazón de felicidad porque el cine existe y hago parte de él y sé hacerlo, cuando acabo una novela aunque sea tan triste como En medio de ninguna parte de J.M. Coetze; cuando acabo un cuento, se lo leo a alguien y me dice: qué hacés y por qué no has publicado nada, y yo le digo que ya ni busco explicaciones, o que tal vez sean excusas, vamos a ver cuándo será el cuando. Me encanta cuando escribo un guión y lo imagino en la pantalla con mis amigos, con los que he caminado tantas cuadras, padecido y soñado porque ni las historias, ni la imagen se improvisan aunque para tantos sea un negocio más. Me gusta que Marlon Moreno me abrace y me diga que me quiere, que soy su parce, me gusta cuando hablamos de las historias que vamos a hacer juntos, y me fascina cuando me toma de la mano en un centro comercial atestado de niñas bonitas, que comienzan a escudriñarme porque no se acuerdan si soy actriz o qué y se preguntan qué hace semejante actor y semejante papacito abrazado conmigo, parroquiana x. Y entonces, claro, me pavoneo con todo. Me gusta, aunque también me pone muy nerviosa, cuando me doy cuenta de los errores en una peli o en la tele, sufro pensando en si me hubiera pasado a mí, pero me encanta recordar que sé, que el respeto está ahí, como el primer día, y que valen las pena tantos sacrificios. Me gusta cuando llega un mail de alguien que creías que te había olvidado, me gusta cuando te dicen que te aman aunque te hayas ido. Me gusta esperar, como ahora, que estrenen la última película de Scorsese, me gusta soñar que el próximo año cuando él haga el documental de los Rolling yo estaré cerca y tal vez por fin pueda verlos, Mick con todas sus arrugas salta en frente de mis ojos y me grita Satisfation y yo muero en primer plano por su boca exagerada. ¿Y por qué no? Esa pregunta me encanta, creo que a diario me la hago. Me encanta ir a rodajes de amigos y que me de envidia por no haber hecho parte de ese equipo, me repito que ya llegará el día aunque quién sabe cuándo, me encantan mis recuerdos de los viajes que he hecho, de los que voy a hacer. Adoro un buen amigo con el que no necesitas hablar mucho para saber qué quiere y qué está pensando, y también por qué no, reconocer a los enemigos, a los que no te quieren y te harán daño tarde o temprano, por eso me gusta escabullirme cuando los descubro al acecho, entonces los miro de frente y les digo: “sabes qué, me vales huevo, quedáte con tu rabia y mordéte”. Me fascinan los metros subterráneos de las inmensas ciudades como New York y como México, aunque sueñe que el Mío y el Transmi son buenos remedos. Me fascina cuando mi sobrino me pasa la sal para que le eche en la nalga y se la muerda porque está convencido que me la voy a devorar a pedacitos. Me fascinan las pecas en la nariz y el tono dulce de mi otro sobrino cuando canta villancicos. Me gustaría aprender a bailar tango tarareando a Calamaro en medio de humos y whisky barato en el bar de Madrid donde a ratos él se emborracha o en el Café Tortoni de Buenos Aires, que me espera aunque no lo conozca. Me encanta saber de memoria e imitar el acento enredado de Cortázar cuando lee el capítulo siete de Rayuela, me mata cuando Fito dice “la puta que los remil parió”, me encanta saberme también de memoria la banda sonora de Pulp Fiction y la de Natural born Killers, los diálogos de Reservoir Dogs, Gary Oldman cuando dice I´m disappointed. Me encanta leer sobre asesinos seriales, me fascinan los actores que me asombran y me atemorizan con esos personajes como Kevin Spacey, como De Niro, Vincent Cassel, como Marlon ahora que es Victor Peñaranda, como mi Gloria Calle que sigue enredando a varios, pero a mí principalmente. Me gusta soñar que el próximo año cuando vaya a Buenos Aires me encuentre en una esquina con Charly García y le cuente que el personaje principal de mi novela quiere ser como él, novela que sigo sin terminar y que me propongo ponerle fin ahora que estaré un mes fuera de circulación por la incapacidad que voy a tener, primera que acepto aunque ya me imagino el desespero que me dará desde la primera semana. Por eso están listos los dos guiones que no he terminado, los que voy a filmar, la madre si no. Me gusta imaginar que muy pronto estaré colgando los afiches de las películas que me gustan en mi casa nueva que se ha demorado eternidades en salir de obra negra y blanca, me gusta cuando me llaman mis pocos buenos amigos del distrito federal y me dicen qué onda, “tonces qué mi reina, a qué hora sales al pan”. Me gusta cuando recuerdo las paredes con graffitis de los más grandes y las sillas enchonchadoras en la Escuela de cine de San Antonio de los Baños, me gusta recordar al barman del que me hice amiga en la Zorra y el Cuervo en la Habana. Me encanta armar el seudónimo perfecto para los concursos de cuento y de guión, con los apellidos y nombres de mis escritores amados, de Abad Faciolince, de Bolaño, de Thomas Mann, de Gamboa y Chaparro Madiedo, que también padeció el canto de las ranas y el olor a mango en la escuela de cine fundada por Gabo. Me gusta pensar que voy a volver a la escuela para filmar una película allí, para charlar un rato con Machalsky y con Julio Rojas, para nadar en las madrugadas con las ranas acechando en el borde de la piscina… Seguro que vuelvo. Y por último, o mejor, por ahora, me gusta que mis alumnos hagan este ejercicio para que no se les olvide qué es lo que quieren y lo defiendan por encima de todo, me gusta que Andrea lleve varios me gusta en su chip de chocolate, me gusta cuando llegan a la oficina y me dicen: “profe, ya terminé el ejercicio de la empelotada” y se lo vengo a leer a usted, pero a nadie más”. Me gusta cuando ríen por el cuento de “la mirada de flashback”, sólo ellos me entienden, sólo yo puedo payasear tanto con la sola idea de encantarlos…

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Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

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