martes, octubre 26, 2010

La mano extendida


Habían transcurrido varios días pero la imagen seguía allí, indeleble; de pronto llegaba a su mente como obligándole a recordar que sí, eso era lo cierto, cada instante era sólo producto de un sueño corto, pero igual, por alguna insistente razón permanecía en sus desvelos. Conocía perfectamente a la mujer de su sueño, la escuchaba y se deleitaba con sus resplandores púrpuras, nunca le molestó que ella invadiera sus secretos con toda la perspicacia y amor que lo sorprendían, pero, como siempre estaba allí la palabreja; María se lo había dicho con todos los preámbulos y en los idiomas que había logrado aprender en los yonosecuántos años que decía llevarle de vida, de amores, desamores y tantas, demasiadas, melancolías.

Amos Rey lo único que quería, por ahora, porque él tampoco podía vislumbrar en qué tamaño de enredo se quería dejar envolver, por eso sólo ansiaba entender el porqué de la alucinación que lo invadió aquella noche, cuando sintió que tocaba a María. Aquella misma noche en que celebró por el amor más allá de la muerte entre Adriano y Antinoo, finalmente se liberó de ese encantamiento sin razón en el que había caído por alguien, que hoy, ya ni deseaba pronunciar con las palabras del amor.

María descubrió ante los ojos de Amos el poema de Pessoa y qué iba a imaginar si quiera lo que le sucedería, no pretendía nada distinto, que pudiera sentir ese mismo goce que se desbordó en ella la primera vez que disfrutó cada una de esas palabras. Es verdad, sólo eso intentaba y seguía repitiéndole diariamente que no lograrían vencer los mil y uno intríngulis, aunque para no andar con muchos rodeos, lo cierto es que a ella le tocaba nombrarlos día y de noche para no caer en el embeleso saciado de borbotones y efervescencias que Amos le producía.

La mano de Amos seguía extendida, en el sueño, y ahora en la duermevela de María que hasta le exigía que saliera despavorido de su vida, aunque muy adentro, allá en su mar de melancolías se preguntara si era justo con ella misma que se hubiera impuesto como filigrana el nombre de la canción de Annie Lenox; ¿por qué martillaba en su vida y en su cuerpo estigmas de No more I love you’s? Ni ella misma lo entendía. Pero aireada levantaba el rostro para imaginarse las palabras en su frente, escritas como en aquella historia de Peter Greenaway.

¿Por qué no? Le preguntó Amos con el ímpetu que revelan los descubrimientos. ¿Qué importa ahora si es lo que queremos, lo que sentimos? Se lo dijo en el sueño, se lo estaba diciendo ahora con más frenesí. María, como en su eterno insomnio, negó rotunda con sus labios insobornables y el dolor de volver a prohibirse lo que más esperaba le exigió recordar que en esa indestructible vigilia era ella quien se había deslumbrado varios días atrás con las palabras, la mirada y la mano extendida de Amos, que hoy sigue sin entender el porqué del sempiterno silencio de aquella mujer que aún no ha terminado de encontrar.


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Me declaro culpable: De querer ser narradora interminable. De querer ir al cine de tres, seis, nueve. De enamorarme siempre hasta los tuétanos. De pasarme el día entero hilvanando y escribiendo historias que no sé quién podrá leer. De mi adicción por comprar libros, música y películas. Y también me declaro culpable por tener en la entrada de mi casa dos maletas de viaje listas, una para el invierno y otra para el verano que me esperan en cualquier lugar.

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