martes, febrero 23, 2010

Desde el más infame desastre… La creación*

Olor a carne quemada. Diáspora. Equipajes. Schächter. La noche. Humareda. SELECCIÓN. Chimeneas. Ghetto. Joyas. Libertad. Birkenau. Auschwitz. Doctor Mengele. Elie Wiesel. Pan. Lágrimas. Padre. Kapos. Bajo pena de muerte. A-7713. Cucharada de nieve. Trabajo. Terror. Hambre. Libertad. Dios.


No nos une el amor sino el espanto.
Jorge Luis Borges.

 

Un niño es obligado a encarnar el rostro y el cuerpo de un hombre, corre para olvidar el hambre, corre para ahuyentar el miedo, corre para huir del espanto. Otros, miles, en la misma e intensa marcha se desmadejan y no lo resisten.
En su cabeza retumba aún el eco de la mujer que profetizó el fuego desde ese vagón de piaras en que se han convertido. Esos lamentos que nadie quiso escuchar llegan hasta las humaredas de las chimeneas, como queriendo expiar con sus lágrimas a tantas almas atormentadas.  

La sinagoga parecía una gran estación: equipajes y lágrimas.
Elie Wiesel.

Su nombre en los campos no importa, es un número: A-7713. Un número más en los brazos izquierdos de tantos. Lo único que le importa es no olvidar que su padre permanece a su lado, no puede abandonarlo, no puede permitir que desfallezca así presientan que ha llegado el final. Frente a él: restos, los retazos de familias rotas a las que alcanzó la muerte.
En el portal del infierno le prometen que encontrará la liberación en su labor diaria, pero lo que encuentra es el odio, lo que pierde es a su Dios, lo que no vuelve a recuperar es el alma que abandonó en los días finales de enero de 1945.
El niño relevado por el amargo hombre no flaquea en su contienda, tiene que saltar encima de miles de cuerpos inertes y avanza a prisa sin detenerse para no hacer parte de la selección del nombrado genetista, para que no lo alcancen la muerte, el hambre y la barbaridad, o peor aún, los Kapos y sus balas a diestra y siniestra.
Y se salva, aún del horror. Camina solo y deja atrás los cuerpos muertos de su familia que hasta olvidó la tierra prometida, pero lo que jamás olvidará es esa noche eterna en la que dejó de creer, esa noche eterna en la que maldijo los recuerdos de la llama negra que se posesionó de su alma y lo devoró.



*Una mirada tras la lectura de La Noche, de Elie Wiesel, texto que pertenece al material de análisis en el seminario-taller La escritura del desastre: Trauma y Testimonio, impartido por Anthony Sampson. Universidad Javeriana, feb-marzo de 2010.

martes, diciembre 29, 2009

viernes, diciembre 11, 2009

Connecticut Street Motel... Hooper y sus historias en cada pintura... Una escaleta que aún no es guión.


1. INT. HABITACIÓN MOTEL DE PASO. ATARDECER.
Julia, una mujer de unos 35 años, delgada, pelo rubio y ondulado, boca pintada de un rojo muy encendido, lleva un vestido vinotinto con escote y pegado al cuerpo. Mira con expectativa hacia la puerta y está sentada casi al borde de una cama grande de una habitación amplia que tiene un gran ventanal, por el que penetra la luz naranja del atardecer. A un lado de la cama hay dos maletas medianas y abultadas y sobre un asiento que está frente a Julia descansa una chaqueta blanca de piel y el estuche de un contrabajo. Al fondo, en la calle se alcanza a ver la trompa de un convertible reluciente y nuevo, un Studebaker rojo 52 que avanza y se estaciona frente al motel. Afuera se enciende el neón del aviso del motel, las letras atraviesan por la ventana y se leen sobre la colcha oscura que cubre la cama: Connecticut Street Motel. En la puerta se escuchan dos golpes. Julia sonríe con placer.

JULIA (CASI SUSURRANDO)
Llegaste, por fin llegaste.

SAM
Ábreme nena. Casi no logro escapármeles.

Julia vuelve a sonreír y se incorpora. Se mira en un espejo que está detrás del sillón donde se encuentra su chaqueta de piel. Limpia en las comisuras un poco de labial que se le ha salido y se admira su cuerpo en el espejo.

2. EXT. CALLES. DÍA.
Sam, un hombre de 40 años, de baja estatura, un poco calvo y con una incipiente barriga, lleva un traje completo de paño negro, sombrero también negro, y unos zapatos bastante gastados y sin ningún brillo. Empuja con dificultad un contrabajo que lleva en su estuche. Sam camina apresurado por una calle transitada por carros de los años cincuentas. Una mujer pasa por su lado y le mira los zapatos con un poco de asco, lleva un sombrero con un tul que le cubre parte del rostro y va muy elegante con un vestido rosa a la rodilla. Sam se percata de la actitud de la mujer y se detiene en una vitrina para mirarse de cuerpo entero, descansa el contrabajo y se embelesa con lo que ve. En la vitrina están exhibidos diversos zapatos, a un lado sobre un atril brillan unos zapatos de hombre con lengüeta en charol y en blanco y negro.

3. INT. TIENDA DE ZAPATOS. DÍA.
Las manos regordetas de Sam lustran con un pañuelo las lengüetas de unos zapatos en charol negro y blanco. En el dedo anular tiene un anillo en oro con una incrustación de una esmeralda en el centro. Sobre las piernas cae un estuche grande en cuero de un contrabajo.

4. EXT. CAFÉ HOOPER. DÍA.
El café está situado en una esquina de una calle de barrio. Un gran ventanal lo circunda y permite ver hacia adentro donde hay una gran barra diseñada de la misma manera de la construcción, un largo mesón que voltea hacia la otra pared del lugar donde también hay un ventanal. Dentro de la barra está John, 30años, es un hombre rubio con uniforme blanco que prepara café en una gran cafetera con un águila en la tapa. Frente a él se encuentra Julia, lleva un vestido azul petróleo con mangas hasta la mitad de los brazos, el pelo suelto y la boca muy roja. En una de las mesas que mira hacia el otro lado de la calle se encuentra dándoles la espalda Joseph, un hombre de 50 años, lee un periódico en el que hay un titular que anuncia que el senador Mc Carthy puso preso al escritor Dashiell Hammet, lleva sombrero y un vestido azul oscuro completo con camisa azul clara y corbata de rayas. y zapatos en material y lustrados impecables.
5. INT. CAFÉ HOOPER. DÍA.
John coloca un café frente a Julia, ella le hace una seña cómplice y él busca en unos estantes que tiene abajo de la barra, saca una botella de licor blanco y le pone un poco al café. Vuelve a colocarlo frente a Julia y ella le sonríe agradecida. John parece desfallecer con su belleza. En la puerta se escucha un sonajero que anuncia la llegada de alguien que entra. Julia y John voltean a mirar. Joseph baja un poco el periódico y mira de reojo a Sam que se lustra sus zapatos de charol con un la bota del pantalón y se trastabilla en la puerta del café mientras mira hacia el suelo y evade el peso del estuche del contrabajo. Joseph hace un gesto de desagrado, mientras Julia mira enternecida a Sam que suda a mares y se acerca a la barra. John lo saluda con un gesto amigable.

6. INT. CAFÉ HOOPER. ATARDECER.
Afuera se desprende una gran lluvia. Joseph deja el periódico y mira molesto hacia la barra donde Sam se sonríe con Julia que lo mira embelesada y habla con él como si fuera un viejo conocido. Joseph se incorpora de su asiento y se dirige hacia el fondo del café donde se divisan los baños tras una columna. Se acomoda en un sitio estratégico donde sólo lo ve Sam y le hace una seña para que se acerque. Sam se baja torpe del taburete de la barra y se acerca al lugar donde lo espera Joseph. Sam lo mira asustado, le dice que no sabía que era con él la cita. Joseph le advierte que detrás del rostro angelical de las mujeres siempre se esconde una bruja. Sam se pone nervioso y le pregunta cuál es la misión que le ha mandado el jefe. Joseph se ríe y le dice que al menos ya comenzó con la labor, esa libertina de la que se hizo amigo es su misión, tiene que seguirla a donde vaya, es la nueva mujercita del jefe, pero sabe muy bien que Julia es una bandida que en cualquier momento lo va a dejar abandonado. Sam traga entero, ya comenzaba a gustarle Julia, y por su cabeza pasa una advertencia, porqué siempre se enamora de quien no es. Joseph se burla abiertamente de él y le dice que tenga cuidado, le entrega un dinero para que comience con la labor, el resto se lo dan cuando llegue con las pruebas de Julia. Sam asiente aburrido y Joseph entra al baño. Sam camina desolado hacia la barra, Julia le pregunta dónde estaba, le dice que quiere que la acompañe hasta su casa porque se siente muy sola. Sam asiente como un autómata.
7. EXT. CALLE CASA JULIA. NOCHE.
Julia y Sam caminan evadiendo varios charcos que se han formado en la calle, llegan hasta la fachada de una casa republicana y ella se detiene, ahí vive, lo mira seria y embelesada y le confiesa abierta que nunca le había pasado algo igual con nadie, él respira confianza, ella quisiera alguien como él para que la acompañara siempre, además adora que sea músico. Sam mira con tristeza el estuche de su contrabajo, está a punto de derretirse y de contarle su verdad, ella le dice que si van a estar juntos necesita confesarle que hay un hombre en su vida, él pretende que ella haga todo lo que él dice, pero no la quiere sino para exhibirla y para amante de turno porque sabe muy bien que George es casado. Le pide ayuda a Sam, él asiente, baja la cabeza y le dice que él también tiene que contarle algo, no le importa si la puede perder, pero se lo va a decir.

8. INT. OFICINA DE GEORGE. DÍA.
El lugar es una oficina muy elegante donde hay varias cajas contramarcadas de un aceite de carros, y está situada en un espacio estratégico de un lugar de venta de carros Ford y Studebaker. George, se pasea cerca de un escritorio grande de madera, es un hombre de 60 años, canoso y con rostro severo, golpea con fuerza y con el puño de sus manos sobre la mesa. Joseph asegura que Sam los ha engañado, lo evadió cuando ya lo tenía entre manos, quién va a creer pero ese gordo tiene su tumbao, no sabe en qué momento se le voló, pero lo que sí sabe es que Julia seguramente lo estará esperando en el Connecticut Street Motel, ahí se han hospedado en los últimos días, George está a punto del infarto, le dice a Joseph que el mismo irá a matarlos, pero Joseph no se lo permite, le dice que recuerde lo mal que ha estado del corazón, los médicos le han advertido que no puede exponerse a emociones fuertes, le promete que los encontrará con las manos en la masa. Sólo le toca esperar a que Sam aparezca en el café donde se citan todas las tardes y seguirlo. George grita lleno de furia que los quiere en primera plana y muertos al día siguiente. Joseph asiente y sale apresurado de la oficina.

9. EXT. CAFÉ HOOPER. DÍA.
El Studebaker está estacionado frente al café, en la barra se encuentra John, está solo y limpia el mesón. Frente al carro y mirándolo sospechoso se encuentra Sam, lustra sus zapatos de charol con la bota del pantalón y limpia con un pañuelo unas gotas de sudor que le caen de la calva hacia el rostro. Mira hacia todos lados, pero la calle está completamente desolada. Se acerca al ventanal del café, John lo saluda amigable desde adentro, Sam le responde, mira hacia el carro de nuevo, revisa las esquinas de las calles y no se ve un alma. Emprende carrera por una de las calles y se pierde en una esquina. Al fondo se escucha el motor del Studebaker que es encendido.

10. INT. HABITACIÓN MOTEL. PASILLOS. ATARDECER.
Julia se arregla el escote de su vestido vinotinto y abre la puerta ansiosa. Sam se le abalanza y ella lo besa enamorada, pensó que nunca iba a llegar, quiere que le cuente cómo se le escabulló al lavaperros de Joseph, lo atribula con mil preguntas, pero él sólo quiere besarla. Sam le pide que entren, tienen que irse de allí porque tal vez Joseph ya sabe donde están. Julia lo abraza emocionada y cuando va a cerrar la puerta alcanza a ver una sombra que se mueve en los pasillos del motel. Como un francotirador Joseph sale de una de las esquinas y apunta a la pareja. Julia lo mira aterrada, mientras Sam voltea su rostro hacia el pasillo lleno de pánico.


miércoles, noviembre 04, 2009

Del Cielo Azul



La historia era sobre un hombre llamado Mario, viajaba a su interior haciéndose muchas preguntas. Un dolor, varios dolores viejos le molestaban, lo herían. Estaba firmado por un chico llamado Sebastián. Me asombré, y qué grata era mi sorpresa. Me pregunté quién era, cómo era y cuántos años tendría el estudiante que escribía esta historia. Al día siguiente se me acercó curioso para saber si había leído su trabajo. Le pregunté varias veces si realmente él lo había escrito. Frente a mí tenía a un joven muy guapo, con un cuerpo armonioso y una sonrisa que encantaba desde el primer instante. Me pregunté cómo el ejemplo claro del estudiante por el que deliran todas sus compañeritas podía escribir una historia tan conmovedora, emocional, y tan llena de melancolías, como el relato en el que me había sumergido la noche anterior.
Y tal vez como una advertencia, como un sino que nos acompaña aún hoy, casi tres años después, se lo aseguré: "Si tú escribiste esto no descansaré, ni permitiré en ningún momento que uno de tus sueños más grandes en el camino que apenas vislumbras no sea escribir. Te voy a exigir mucho, tal vez demasiado, y en ningún momento bajaré la guardia, porque cada día tienes que ser mejor como escritor, lo que se viene no es nada fácil, pero tienes que hacerlo". 
Y así ha sido, a ratos desfallece, a ratos se pierde intentando cumplir mil y uno de los proyectos que muchos dejan en sus manos y no encuentra la manera de de rechazarlos, tampoco lo quiere, y vuelve a intentarlo.
Desde ese momento nos ha unido no sólo la necesidad por contar historias, sino la complicidad en cada gesto y en cada sueño que nos acerca al perfecto amor que tanto buscamos, sin miedos a sentirlo, sin miedos para decirlo y con esa necesidad primordial de sentir más allá del simple caminar por los trechos que ya una vez fueron trazados.
Y es esa capacidad de vibrar ante la aventura lo que lo ha llevado a tantas nuevas experiencias, a permanecer con los ojos abiertos y los brazos extendidos para que el universo mismo penetre por sus poros, para que la gente que lo rodee, se deslumbre ante sus travesías y ante las historias que sólo él podría contar.
Yo quisiera que con sus palabras se dibujaran los recovecos que en algunos años me gustaría leer, pero también esas mismas palabras podrían ser las de un gran orador que devuelva el aliento a quienes lo escuchan y cumpla realmente con lo que sólo también él comprende que otros pueden necesitar, porque ante cada estancia, cada camino recorrido, sólo él podrá hacernos reír, soñar y entristecer a través de esa mirada suya que no se cansa de explorar.

sábado, octubre 31, 2009

Desgarrar historias

 “Gunard quedó desnudo en el sofá del estudio, sin creer lo que había ocurrido y con un ángel en la garganta, al decir de Rilke. Por primera vez sentía que algo podría distraerlo completamente del mundo. De su propio mundo, y así estuvo dos días, sentado en el sofá, desnudo, esperando a Cécile, sin querer quitarse de encima su olor”. Santiago Gamboa, Necrópolis. Norma. 2009.



Es tal vez uno de los pocos travesaños que estás seguro de querer andar, en esas se la pasa uno desde el momento en que lo decide, aunque si se trata de precisarlo es muy difícil acertar con la fecha o el momento en que se decretó que en la vida lo que se quería con más fuerza era contar historias, y lo mejor, afinar una especie de don que poco a poco se adquiere, no el de escribir porque ese te asalta, se presenta como un hacer irreversible y se adquiere después de mucho rato de teclear, después de muchas manchas de tinta en los dedos, en las manos y hasta en la cara; es mejor una suerte de aura que toma los tonos que se quieren, un haz de luz quitapenas que te permite penetrar en las historias que aún no entiendes por qué la gente te cuenta. O tal vez esté en el rostro y ni uno mismo lo ha descubierto, o en la voz, ¡quién sabe! Pero es un ese algo que hace que la gente se desmorone en frente tuyo, sin ni siquiera sospechar que te pasás la vida arañando historias.

Ayer una vez más sucedió, como tantas otras veces, pero esos instantes aunque fueron muy cortos, permitieron que el aliento se detuviera para imprimirlos hoy en líneas, y mañana seguramente en trozos de celuloide. Salía de Muelle del Hipopótamo, un bar restaurante de unos amigos en el que semanalmente se hace un cineclub más alterno que todos los cines alternos porque el sólo interés es dejarse envolver un rato por esas historias contadas en imágenes. La cita era con Párpados Azules, ópera prima del mexicano Ernesto Contreras. Cada vez que la veo me gusta más, le encuentro más detalles que antes no había tenido en cuenta, y eso que para muchos es la historia más lenta del mundo y en la que no pasa nada. A ratos, quisiera tener el desabroche de un público que gritaba: “agárrala, dale un beso de una vez, emociónate aunque sea un poquito”, tal como sucedió la primera vez que la vi en el Festival Internacional de cine de la Habana en el 2007. Dos soledades en medio de la ciudad latinoamericana más grande de todas: El D.F., dos seres anodinos que intentan recuperarse de un sentir que ya no tienen, de una pasión que ya no existe o simplemente los ha olvidado. Dos tristezas, como las que había descubierto el día anterior cuando tuve que detenerme un rato y preguntarme si lo que había visto no era la realidad de un documental sino la ficción más cruda, la más amarga. Aún está indeleble en mi memoria cada tramo del estreno de La Sangre y la Lluvia, de Jorge Navas, aún duele la historia de Jorge, un taxista derrotado por la muerte inexplicable de su hermano, aún golpea y me hace estremecer el cuerpo el injusto desenlace cuando encuentra en medio de su dolor a Ángela, una mujer que además de solitaria parece como si quisiera desbordarse totalmente en sus delirios; el resultado, como es lógico no puede ser nada esperanzador. Es impecable la película de Jorge Navas, pero tan supremamente dura que pasarán varios días antes de poder regresar a sus crudas aunque bellas imágenes.

A partir de ahora podrá mirarse de otra manera al taxista que te lleve al destino que le marcas, y eso seguramente fue lo que sucedió anoche porque apenas saludé al que me llevaría a mi casa, sin preguntárselo, sin ni siquiera sugerirlo comenzó a contármelo: -Mire, estoy más ardido con esa novia que tengo, ¿a usted qué le parece? -Yo sólo abrí los ojos y sonreí como si me fuera a contar la mejor historia de aventuras. ¿Cómo así le dije? Cuénteme qué fue lo que pasó. En medio de su historia le fui diciendo hacia dónde iba, y el dejó de hacer parte de un simple relato en el momento en que con el mayor ahínco me dijo: -Es que a usted qué le parece, imagínese, yo llevaba 36 horas, 36 horas sin verme con ella- ¡Y uno creyendo que estas sensibilidades de contar las horas y las ausencias no pueden ser más que femeninas!, pues no, ahí está la clara evidencia de que no es así. -Pues sí, 36 horas sin verla, la llamo y le digo estoy aquí cerca de su casa mi amor, salga que tengo muchas ganas de verla ya. Pasé por la casa y ella entró al carro, me puse a darle besos y besos y se emputó, ¿usted puede creer que una mujer se empute porque uno le quiere dar besos y consentirla? -

Yo aún queriendo llamarme al orden me decía, ya, la película la dejaste en el bar, ésta es otra, una más real que la de anoche, la de ahora, y la que seguramente miraras mañana o pasado. -Y más encima la ex está ahí rondando, machacando a diario.-Ah, eso es otra cosa, le dije yo, de razón está tan molesto, ¿no será que usted lo que quiere es sacarle el cuerpo? No, aseguró. -Yo me quiero quedar con ésta, estoy dispuesto a todo con ella, pero me saca la piedra que sea tan agria, tan aletosa, ya quisiera yo que fueran conmigo como yo soy con ella, cantidad de mujeres se mueren porque uno sea así, pero va a ver, la voy a dejar esperando hoy, no la busco más a ver si se muerde. - Si le gusta tanto, pues insístale, de pronto es que nunca la habían tratado así y le da miedo. Ahí estaba yo nuevamente armando historias, hilvanando sentimientos que no me pertenecen, pero que me han contado como lo hizo este taxista, un hombre que ha podido llamarse Jorge, como el personaje principal de La Sangre y la Lluvia, pero éste no era un personaje, aunque hoy ya lo sea cuando se insiste siempre en que el primer y único deseo es desgarrar historias.

domingo, octubre 18, 2009

"Buscar las canciones... Es como ir de pesca"





"Mucho gusto", dice en casi perfecto castellano una voz inconfundible. Grave, cascada, como si llegara desde el fondo de un pozo oscuro. Esa voz que alguien definió hace tiempo como "Louis Armstrong cantando desde el infierno".

Tom Waits, como una voz, aparece y desaparece del candelero a su gusto. Durante seis años no editó nada de nada. Tras el largo silencio, en 1999, salió a la venta "Mule variations" (que, inesperadamente, vendió más de un millón de copias) y, hace un par de meses, se despachó con dos álbumes en simultáneo.

"Alice" y "Blood money". Ambos, fruto de trabajos teatrales junto a Robert Wilson. Su castellano -asegura Waits- tiene explicación. "Mi padre era profesor de español, así que cuando era chico pasábamos cada tanto algún tiempo en México, en los bares, las barberías, los cafés. Tengo muy buenos recuerdos de esos viajes." Bares, barberías, dice. Allí, se sospecha, empezó a descubrir esos personajes marginales que convertiría en relatores de sus canciones, en protagonistas de historias de perdedores y freaks. Y de la propia. En algunas entrevistas ha dicho que nació en el asiento trasero de un taxi, en otras sitúa el origen en un camión. Coincide el lugar, Pomona, California. Y la fecha, diciembre de 1949.

"El origen de mis canciones siempre es algo muy pequeño -cuenta-. Un breve intercambio de palabras en el mercado, o una persona que veo, sola, en la parada del autobús, o alguien que busca a otro en un bar la noche de Año Nuevo. O recuerdo a alguien que conocí cuando era chico. Luego, es como soñar despierto, parte verdad, parte ficción. A veces, simplemente, estoy cantando sin saber bien qué. Es algo que no podés evitar y que los chicos hacen todo el día. Por ejemplo ayer, estuve en la playa y había cinco pequeñas niñas jugando, gritando, riendo, llorando, corriendo. Ese sonido que hacían es el mismo en cualquier parte del mundo".

Los dos discos están basados en proyectos teatrales, ¿es diferente a cómo trabajas para otros álbumes? -Pienso que las canciones son películas para los oídos y las películas son canciones para los ojos. Cuando buscás las canciones, es como si dieras vuelta los ojos para mirar dentro de tu cabeza. Si te quedás quieto y tenés habilidad, podés conseguir las mejores. Es como ir de pesca. Los peces grandes son los más inteligentes, por eso son grandes, porque no se han dejado cazar (dice, y lanza una risotada). A las pequeñas las tenés un ratito y después las volvés a tirar al agua. A Waits le gustan las metáforas, y no sólo las de pesca.

Ha dicho que las mejores canciones salen de la tierra, como las papas, o que tienen que ser como un martillo, simple y fácil de agarrar. Y recurre a lo cotidiano y culinario para hablar del trabajo en colaboración con su esposa, la dramaturga y guionista Kathleen Brennan, con quien comparte la autoría de las canciones de estos álbumes. "Es difícil decir cómo lo hacemos. Es como las tareas de la casa, como hacer una comida. Uno hace compras, otro abre la lata, otro pasa el queso". Y agrega que para componer muchas veces utilizan los sueños de ella. "Tiene ese tipo de sueños sabáticos, estilo Jerónimo Bosch. Los recuerda y los escribe. Yo no. O tal vez éste sea el sueño y, cuando vamos a dormir, la verdadera vida comienza. Como eso de si el hombre sueña que es una mariposa o la mariposa sueña que es un hombre; la de Li Po." Su admiración por su esposa parece no tener límites: "Es la mejor. Es la Mujer Maravilla. Usa un traje enterizo, capa y máscara y se para en el techo, frente al viento. Ella es quien lee los libros y me los cuenta", confiesa.

Dos caras de una moneda Las canciones de "Alice" fueron compuestas para la obra de Wilson estrenada en 1992 -fue, durante años, el "gran disco perdido de Waits"- y está basada en la relación fascinada de Lewis Carroll con Alice Liddell, la niña a quien le contaba los cuentos que luego se convirtieron en libros. "Sí, no es la historia del País de las Maravillas, sino la de la hipotética obsesión que el autor tiene con esta joven niña, que le dispara algo inesperado en su cerebro, como si tuviera un clavo oxidado en su mente. En verdad, empieza siendo sobre Carrol, pero en el fondo es sobre todos. Sobre obsesión, romance, locura y fiebres en la mente. Fiebre cuando me besás, fiebre cuando me abrazás fuerte, fiebre en la mañana, fiebres durante la noche".

El otro, "Blood Money", cambió su título en el pasaje del teatro -"Woyzeck", de Georg Büchner, adaptada por Wilson- al disco. Y, también, es sobre pasión y locura. En este caso, la de ese soldado que, entre experimentaciones médicas e infidelidad conyugal termina en el crimen. Los autores en que se basó -Carroll, Büchner- son europeos y del siglo XIX. Waits decidió quitarle protagonismo a la guitarra, en favor de instrumentos extraños: pump-organ, chamberlain, calliope, stroh violin. Igualmente, ambos se distinguen entre sí. En "Alice" predomina el clima de cabaret alemán y de canciones de bar, mientras que "Blood money" suena a carnaval oscuro y extraviado. "Grabé ambos en el mismo período de tiempo -cuenta.

Fue un desafío hacer que cada uno sonara único, con diferentes texturas y climas. -Ese desafío, ¿fue una elección? -No lo sé, las cosas buenas vienen de a pares. Y decidí sacarlos juntos porque estaban terminados, simplemente. Estamos fertilizando la era del comercio (agrega y ríe con ganas e ironía). Estos discos son como socios en el tiempo, vinieron como mellizos. En otros discos, Waits acostumbraba grabar en el exterior, fuera del estudio. En estos dice, lo ha utilizado sólo para grabar el calliope (un instrumento voluminoso utilizado por los circos). "Cuando elijo grabar afuera es porque pienso que el mundo va a colaborar. Los aviones cambian los acordes, están los gallos, los niños. Cualquiera puede entrar en una habitación, cerrar la puerta a prueba de ruido y grabar. Pero la grabación afuera tiene otro gusto. Todo lo que escucho suena como música para mí, y no encuentro motivo para eliminarlo, me gustan los sonidos del mundo.

Es en su auto, también, donde dice que le gusta escribir canciones. "Siempre llevo un grabador, de los comunes, y me voy grabando". -"What´s he building?", del CD anterior trataba sobre la desconfianza al extraño. ¿Se ha agravado ello? -Sí, tenemos miedo uno del otro. Se respira mucho desprecio y temor, la gente imagina cosas terribles de los otros. Yo tiré mi televisor a la pileta de natación porque prefiero leer diarios. Podés hacerlo a tu ritmo y podés guardarlos. En cambio, la tele pasa a través tuyo como el agua. Es un tiempo difícil. Todo el mundo está en llamas, y yo no tengo respuestas. A la vez, es interesante, crisis y oportunidad son una misma letra en el alfabeto chino.




-Has trabajado mucho en cine; ¿hay algún proyecto futuro? -No por ahora. Aunque tal vez el camino me lleve por allí otra vez. Me interesa el cine, pero prefiero las canciones porque estoy a cargo (y vuelve a reír, tal vez de ese sí mismo a cargo). Son mis películas, las invento y logro habitarlas. En cambio el cine es algo enorme. Aunque siempre estoy en contacto con Jarmush. Lo quiero mucho, haría cualquier cosa con él. Con respecto a los discos dice que sólo saldrá a tocarlos por unas pocas ciudades. Sí, se sabe que no le gustan mucho las giras. Y cuando lo hace, como para "Mule variations", son apenas unos pocos shows, breves -de una hora- y a precios caros. Pero lanza una carcajada cuando la pregunta es si no le gusta la vida de la ruta o si se aburre de tocar algunas canciones. "Hay algo de cierto en eso. A veces las canciones comienzan a disolverse cuando las llevás a la ruta. Algunas sabés enseguida que las vas a estar cantando por 20 años, y otras que las vas a cantar una vez y nunca más. Es como si tuvieran su propia vida. Algunas están dispuestas a salir al mundo y hacer dinero, otras tienen miedo de dejar la casa."

Adriana Franco


domingo, octubre 11, 2009

Ya no

Gracias a Héctor Abad Faciolince que se ha enamorado de estos maravillosos versos... 






Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.


Idea Vilariño


http://www.poema-de-amor.com.ar/poemas-de.php?autor=667


miércoles, octubre 07, 2009

UNA MANCHA...


El semestre estaba llegando a su fin y había poca gente en la universidad donde había enseñado ese semestre, era lo único que hacía por esos días: clases de guión. Dos grupos, inmensos, chicos muy jóvenes de diversas ciudades de Colombia que me escrutaban como si pensaran que a través de mi mirada descubrirían el mundo. Me acerqué a uno de ellos, John, desde su primer ejercicio de escritura supe que tenía muchas historias por contar. Ahora mis clases ya se acababan y yo sentía que a él le faltarían muchas más decir. Me dijo: "profe, me voy", lo miré un tanto asombrada, cómo, le dije, si te ha ido tan bien acá, sos muy bueno. No profe, no me ha entendido, me voy a estudiar literatura, usted me cambió la vida, profe. Ya hablé con mis padres y ellos están de acuerdo. A mí en ese momento no me importó un ápice que se me llenaran los ojos de lágrimas, la partida de John era tal vez la primera gran pulsión que necesitaba para amar con gran fuerza la docencia.
Pero no lo dejamos ahí, decidimos unos pocos reunirnos los sábados con el sólo interés de leer y escribir por un rato, era similar a un taller, pero sin reglas, sin maestros, o sí, los grandes escritores que leíamos. Después, una sola intención y una sola intensidad: contar historias.
Algunos años han pasado desde esa tarde, hoy me llegado este mensaje que nace de esos sábados en la tarde, me llena tanto de emoción que simplemente lo reproduzco junto a un cuento de John:


Rezagos de las lecturas en voz alta y de los talleres de escritura: Esto lo publicó una amiga mía casi sin darme cuenta, hasta que hoy alguien me llamó por teléfono y me dijo q' le había gustado lo que escribí; no sabía de qué me estaba hablando, hasta que me dio el link y me puse a buscar en esta revista. No sé pero de todos modos chequeénlo, e igual, cuando lo leí me acordé de las tardes en que todavía escribía como una cascada y en el que las palabras eran como imágenes rápidas sin que todavía llegara la pausa, en esas veces en que ibamos los fines de semana a escribir donde la "profe".


Una mancha, una casa, dos manchas, un vecindario,
tres manchas, un barrio, un bloque,
una azotea, un ladrillo, unos muros, un potrero, un
caño, muchos muros. Una mancha, un paradero, dos
manchas, el camino de un zorrero, tres manchas, los
parqueaderos y los autos abandonados, un ladrillo, fin
de la ciudad, un bloque, muchos bloques. Ladrillos, pedazos
de tierra esparcidos por las periferias, muros de
arena que ocultan el oriente, construcciones de cubos
de arcilla donde todos se hacinan, donde los parlantes
escupen música por las esquinas, los buses devoran a las
personas, donde no hay aire y espacio, donde todos sueñan,
nadie dormita y alguien se busca la vida gritando
en las esquinas. En todos los ladrillos que observo, en
todo lo que se escapa con el letrero de EMERGENCIA
de los vidrios y que hace parte del paisaje por la ventana,
en los derredores de la ciudad, todo esto que cuelga,
que se amarra a través de las laderas de los cerros y de
los inmensos árboles que se estancan en los humedales,
hay personas que viven suspendidas, pendiendo a través
de nudos, colgados con sus casas sobre tendederos de
ropa, sujetados por ganchos que se aferran al cielo, más
allá de los puentes y los edificios altos. Y los ladrillos,
los muros, las calles, los barriales, las vitrinas, las verduras,
los puestos de madera y las astromelias, los avisos
de colores, expuestos al sol y al agua, tendidos bajo el
hedor de los basureros y los mosquitos del río. La gente
va y viene, astillando las montañas, pulverizando a
la tranquilidad, sujetándose como puede para no caer,
para no desengancharse y dar contra el suelo, subsistir
a través del viento y sobrevivir de los fuertes aguaceros
de la sabana y resignarse. Los ladrillos, los bloques, las
casas, las manchas. Y alrededor de la ciudad gente colgando,
personas a millares, chocándose unas con otras
como termitas y carcomiendo lo que encuentran con el
favor de Guadalupe, el Divino Niño y el Señor de Monserrate,
sobre un inmenso pedazo de madera a punto
de colapsar.


John Edison Carrillo



 


lunes, octubre 05, 2009

miércoles, septiembre 30, 2009

Prometo



Lo intentaré,
prometo hacerlo...
Prometo
no mirarme en tus ojos azul quitapenas.
Prometo
no desgarrar palabras
para enamorarte.
Prometo
no creer,
y menos decir
que sos el hombre
de la esquina encantada.
Prometo
no querer llamarme Heloísa,
porque vos no podés ser el maestro Abelardo.
Prometo
no contar los días
en las lunas de Júpiter.
Prometo
no inventar nostalgias en colores,
para encontrarte.
Prometo
no emocionarme con tus recuerdos
que parecen novelas de intrigas
y por entregas.
Prometo
no amarte,
aunque de tantas promesas
tal vez,
ya no lo intente.


sábado, septiembre 26, 2009

El intelectual está siempre luciéndose







El intelectual está siempre luciéndose,

el amante, siempre perdiéndose.

El intelectual se escapa.

Por miedo a ahogarse;

todo el asunto del amor

es ahogarse en el mar.

Los intelectuales planean su reposo;

los amantes se avergüenzan de descansar.

El amante siempre está solo.

Aun si está rodeado de personas;

como el agua y el aceite, él permanece separado.

El hombre que se toma la molestia

de dar consejos a un amante,

no consigue nada. Es burlado por la pasión.

El amor es como el almizcle. Atrae la atención.

El amor es un árbol, y los amantes, su sombra.


Rumi





 


sábado, septiembre 12, 2009

Para Un Tribunal del Amor


Hoy se me antoja responderte con palabras que si la poesía me invistiera, las cantaría para ti. Pero se me antoja aún más recordar a la mujer de Aquitania, para hilvanar los paragraphes de un Tribunal del amor. Reclamar por esta ilusión que nunca más podrá ser, recordarte que he logrado despedirme por una y otra vez, pero insistes en tus presencias que no son más que el anuncio de nuestras eternas separaciones.

Te convoco aunque intente olvidarte, para repetir por última vez este adiós que ha alcanzado tan diversas formas, que se agota en ficciones inventadas para apartarte, en danzas interminables que no logran liberarme, y en palabras ya gastadas que no alcanzan su efecto y amenazan con no parecer deseadas.

Recurro al Tribunal y exijo, me pongo un traje para ondear una bandera en nombre de mi libertad que olvide estos miles de años, de melancolías y abandonos tuyos. Demando no vislumbrar más tus quimeras para dejar que se posesione de mi alma un camino que así tenga unas cuantas piedras en sus primeros tramos, no lo he zanjado yo; simple y renovador, ha aparecido en este tramo, sin que imaginara al menos que vendría sin anunciarse.

Regresa de una buena vez entonces, despídete sin prisas y sin valijas que te esperen en la entrada de mi casa que ha postergado cualquier antesala tuya. Pronuncia finalmente esa última despedida que sin treguas me devuelva la calma. Y no regreses más que en los recuerdos adolescentes que ya han dejado de aturdir para albergar silencios, sabidurías y sorpresas que tengo por descubrir en las nuevas esquinas que ahora transito.


domingo, agosto 30, 2009

"Aguarda sin partir y siempre espera"

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya - así en la costa un barco - sin que al partir te inquiete. Todo lo que aguarda sabe que la victoria es suya; porque la vida es larga y el arte es un juguete. Y si la vida es corta y no llega la mar a tu galera, aguarda sin partir y siempre espera, que el arte es largo y, además, no importa.

 
Antonio Machado.






Dice Joan Manuel Serrat que De vez en cuando la vida te invita a salir con ella a escena, pero tú dices que ese de vez en cuando es siempre, la vida se parece más a una puesta en escena que los muchos fragmentos de ilusiones por los que has respirado. Y aunque a ratos, casi siempre, la vida es mejor en eso, en el cine; los vericuetos, inicios y finales de la jornada en muy pocas ocasiones logran ser fielmente reconstruidos.

 
Un día te despiertas y lo descubres, ya está en ti inmerso, como si fuera parte de tu química, de tu física, y como si lo exhalaras con cada aliento; tu persistencia retiniana se empeña en las anomalías y sólo puedes ver tu relato a 24 cuadros por segundo. Todo lo que piensas y lo que cuentas quieres que se parezca a una historia de amor, o a la del más grande gángster, o quizá a una historia de piratas, como dice otra canción, la del pescador de Pedro Guerra que menciona escaleras de palabras, o a una más en la que habla sobre la gente que muere en el borde, también, de calda palabra.

 
Te quedas allí entonces, con las canciones, los poemas, los cuentos, las novelas, las películas, en fin, historias, ficciones; allí es donde te embelesas cada vez que quieres que te cuenten aunque desde siempre tuviste claro que tú eras el que quería contar.

 
Y caminas, andas muchos tramos, infinitos caminos, y sólo para buscar esos instantes inolvidables, para hacerlos inmemorables, pero de pronto te das cuenta que las grandes pasiones sólo las sientes cuando las luces se apagan, y cuando en la pantalla se proyectan una hilera de besos interminables que en vez de reír te hacen llorar de melancolía, y a mares, como Girondo y Cortázar juntos.

Pero no te conformas con sólo mirar, también tú quieres contar, también quieres ilusionar. Te quieres convertir en el mago que sorprende al que mira.

Luego buscas con quién mirar, con quién mostrar y a quién te diga que lo has transformado, pero te equivocas una y mil veces. Y te agotas, crees que lo has inventado, que nunca existirá más que en tus páginas, esas que tal vez permanecen abandonadas en los armarios del olvido. Te deslumbras en tantas ocasiones que encegueces, hasta que simplemente lo dejas en el abandono porque crees que ni siquiera te puede pertenecer.

Entonces vuelves a caminar, en solitario, lanzando de vez en cuando unos dardos que no sabes si apuntaron exactos en la diana y menos aún, si lograste acertar.

Avanzas por recovecos hasta que te encuentras frente a varios ojos que brillan y te miran a veces con asombro, otras con rabia, con celos, embeleso, y unas pocas, como si fueras el perfecto ser para reinventar. Y eso te da un poco de temor, pero te quedas ahí por varios años dejando que te observen y aprendan de ti, que te arraiguen, que te enorgullezcan, que también te decepcionen hasta que el dolor te haga encorvar tu cuerpo. Luego, aunque no lo quieras, también te llega el hastío y vuelves a preguntarte dónde quedaron tus sueños, tus historias, las que querías contar.

En la madrugada llegan de nuevo las preguntas, el porqué has olvidado lo que siempre soñaste hacer y el porqué ahora te entregas sin más y hasta los tuétanos, a esos sueños que no son los tuyos.

Recuerdas entonces que una tarde se te fue el aliento cuando en uno de esos instantes de 24 cuadros por segundo viste a la mujer en la que te querías convertir en algunos años, hacia el final, cuando pensaras que habías saldado varias de las cuentas que el camino se había encargado de cobrarte. Su imagen, su ser, su lealtad y su amor siguen en tu mente indelebles, mientras, en la imagen ella continúa escribiendo y maldiciendo para encontrar la mejor frase que plasme su historia. Sigue en frente de una playa mientras el otoño le permite la llegada al invierno, y junto a ella el hombre al que siempre ha admirado y al que quiere acompañar hasta que uno de los dos pronuncie el último adiós.

Nuevos viajes y nuevas valijas te hacen embriagar con aquellos territorios que creías lejanos. Te sientas en las escaleras del muelle, hueles despacio la sal del mar que te trae historias del mundo, miras por largo rato los rostros de uno y otro lugar, escuchas sus voces en idiomas que no conoces, pero quieres aprender. Ellos también te observan como queriendo depositar en ti los mil y un relatos que traen bajo sus hombros. Y prometes regresar a esa arena porque lo reconoces como tu lugar.

Y aunque los dolores viejos te habían hecho cerrar las otras puertas y ventanas, una sonrisa, una voz, la historia que creías una de tus tantas quimeras es tan cierta como esa existencia que te hace renacer, que te llena de emoción, como el vértigo que te produce la grúa desde donde oteas la ciudad y el más allá de su mar.

Emprendes una travesía con él cuando te invita a entrar a sus jardines llenos de magia y fantasía, y ahora, aprendes de nuevo, sólo esperas, despacio, como el pescador que en silencio aguarda a que la marea amaine y desentrañe el atardecer en su horizonte.





lunes, junio 01, 2009

..."Me abandona a mi locura

como a la vera de una mujer que se ama”.
Aún no entiendo cómo tantas personas han terminado casándose y jurando amores eternos después de haberse conocido por una cámara web. Tal vez ahí sí se explica uno muy bien el cuento de las difrencia en las generaciones, este mundo líquido, difuso, como dice el fantástico Bauman. Las cámaras web son lo más frío y distante, puedes decir las mentiras más grandes del mundo, y si además tienes la imagen para ayudarte... Bueno, no sé, tal vez es porque me dedico por completo a escribir mentiras sobre el teclado, puede ser. Pero lo que sí no puedes disimular es la emoción inmensa cuando llevas muchos años sin ver a alguien y ahí está su imagen de nuevo, por esa cámara web, a veces difusa, con problemas de audio, pero que logra ponerte en frente ese rostro que así haya cambiado muchísimo, también evidencia que tus recuerdos siguen indelebles, tal vez la mirada que recordabas, algo en la sonrisa que no desapareció de la memoria. Eso me pasó contigo hace unos meses cuando te vi, después de… Esta vez no voy a contar los años, muchos, simplemente eso. Un amigo me había encontrado buscándome en Google, y pensé, ¿no lo encontraré? La última vez que supe de vos te habías ganado una beca para estudiar diseño de joyas en Florencia, sabía muy bien, lo supe desde siempre que eras una artista con mayúsculas, y claro, ahí estabas, un blog con tu trabajo, una página donde anunciaban tus joyas. http://elfidesign.blogspot.com/
¡Por Dios!, si ya eras un artista cuando yo era una infeliz adolescente que se acercaba al arte porque le encantaba el programa de Marta Traba en la tele, vos ya habías sobrepasado todas mis expectativas. Te envié un mensaje y esperé, pero ni sombra tuya, luego me fui a tú página, pensé que era imposible que no llegara al correo de información sobre tu trabajo, puse un nuevo mensaje y minutos más tardes llamabas desde Italia. Una larga hora te escuché sin poder creer que te tenía al otro lado de la línea. Hasta ese día supe que tenías una compañera en Bellas Artes que se llamaba igual a mí, ¿eres mi compañera de la Escuela o fuiste la novia chiquita que tuve? La novia, te respondí, cómo me iba a olvidar de vos, si creo que soy la única boluda que la noche antes de salir de viaje de excursión de último año de bachillerato se ennovió. Muy en la playa y con toda la juerga enfrente, yo no hice otra cosa que suspirar pensando en cuando te volviera a ver el siguiente sábado, en la misma discoteca donde nos habíamos conocido, porque apenas si te llevaste el teléfono y no sabía aún si recordabas cómo llegar a casa porque la noche que nos conocimos nos habíamos despedido en la madrugada y en la puerta cuando yo tenía que entrar directo a bañarme y salir corriendo para Cartagena, la Cartagena de Colombia, no la de España.
Los días pasaron y volvimos a hablar por la cámara hasta que por fin tenía una fecha exacta para reencontrarnos, destino Valencia-Pisa, de ahí Arezzo y luego Monte San Savino… Y esta nueva coincidencia: inquebrantable, poco a poco comencé a recordar tus expresiones, todo lo que me encantó de vos cuando era una adolescente, la sensibilidad por la belleza, tus sueños, la forma como renegabas, y ahí estabas, idéntico, pero con canas, muchos años después y con esa maravillosa mujer que te acompaña, te adora y con la que podrías simplemente comenzar una frase, que ella luego completa con toda su dulzura.
Lo han llamado el Síndrome de Stendhal, porque fue el primero en describirlo, dicen que ataca a los turistas y sobre todo a las mujeres que viajan solas y no pueden dominar sus sentimientos ante la belleza que descubren en cada esquina de Italia, pero así se llegara con advertencia y prescripciones, no sería fácil escabullírsele al tremendo, pero embelesador virus que remueve todo tu cuerpo y tu alma al estar frente a la perfección.
No sólo ha sido entonces caminar por las callejuelas de Arezzo, cerrar los ojos y recordar a Juliette Binoche casi danzando en una cuerda mientras mira los frescos de Piero de la Francesca, sentarme en el café donde se filmó La vida es bella, avanzar buscando una placa y de pronto encontrarme con la imponente y tantas veces admirada columna de Trajano, tocar el agua de la Fontana de Trevi y sonreír por la majestuosidad de Fellini, tomar el metro, subir unas escaleras y en el último escalón voltear la mirada y encontrar Cinecitta, llorar sin vergüenza frente al Nacimiento de Venus y la Primavera, casi desmayar ante el Juicio Final, la Pietá, el David, respirar hondo para tocar la ancestral piedra del Coliseo; Gargonza, los trenes de ida y vuelta, el pasillo de los Ufizzi, el carrusel antiguo, las plazas, las callecitas, las estaciones de Monte San Savino y Arezzo, Siena, los tres y Elfo, sentados en la plaza, el sol, el vino, la pasta, los trozos de pan, sonreír y carcajearse, Florencia y Roma; mi corazón en verdad no creo que hubiera podido soportar Venecia y su Plaza de San Marcos o el Puente de los Suspiros, tendrá que ser en otra vuelta, en otros años, ojalá cercanos, para regresar a su hogar, a ese lugar donde se respira la ternura, el cariño que comienza con Elfo pidiéndote un saludo, con Veronique que dice Coucou y te invita a un café, y sigue con vos, para compartir un cigarro mientras se habla un poco de los años que han pasado y del mundo que has construido lejos de casa, ese nido donde entre el español, el francés y el italiano, todo se entiende porque el lenguaje es el más universal, el del amor. Por eso más que una crónica de viaje, tiene un poco más de toda la melancolía que me ha dejado este maravilloso reencuentro y lo que pretende es agradecer inmensamente con estas pocas palabras el conocer lo que tantas veces había imaginado, aunque todavía no recupere el aliento por todo el esplendor que ustedes dos me han compartido en esta travesía.

martes, mayo 26, 2009

Los Mejores, de Pedro Guerra, con Ismael Serrano

Con esta canción correrán los créditos de Mano Negra... yo sé que sí.

miércoles, mayo 20, 2009

Tildar a la Magdalena

El viernes 15 de mayo era el día del maestro, como donde estoy ahora me separan siete horas de casa, pensé en varias frases que quería fueran encontradas por mis compañeros apenas abrieran sus correos en cada oficina, pero sólo dos ínfimas frases brotaron ese día, la razón: en mi correo no sólo no había aún recordatorios, alientos, besos a distancia, lo que había era un mensaje de un estudiante en el que me informaba simplemente que había decidido no contar más conmigo en un proyecto que trabajamos desde hace varios meses. No sólo, también, no existe ninguna razón valedera para que esto suceda, sino que la exclusión se resume a justificaciones, si se les puede llamar así, del mayor talante de mediocridad, infantilismo, provincianismo y el que podría tener los mayores “ismos” posibles aunque no pueda ahora conjugarse, la ignorancia pura. Y claro, se quiere en principio solucionar de la mejor manera, pero vienen entonces a la mente los mil y uno cuestionamientos del significado que implica ser maestro, ser un guía, un amigo, un experto en el que se depositan a veces, demasiadas expectativas, otras, erróneas creencias. Muchas veces me he preguntado por qué soy maestra, hace no sé, pueden ser quince años. Recuerdo muy bien que Fernando Vélez, especial amigo y renombrado director de cine me dijo hace muchos años, cuando apenas estaba saliendo de la Universidad del Valle, que él iba a ser parte de la primera y única escuela de cine que se estaba fundándose en Colombia, la de la Universidad Nacional, me dio pánico total, le dije que no estaba preparada para enseñar en una Facultad de Cine cuando apenas había estado en contacto con un rodaje y cuando sentía que sería muy difícil igualar o al menos alcanzar un poco a maestros como los que tuve en la universidad, entre ellos Carlos Mayolo, Óscar Campo, Ramiro Arbeláez, Jesús Martín Barbero, Sergio Ramírez, Margarita Garrido, y se me quedan, varios más. Años, varios años después, lo llamé para decirle ahora sí, estoy preparada. En ese momento comencé a dictar clases. Y claro, de la manera menos académica. Mi experiencia estaba en los rodajes, en el día a día, en todos los momentos que logré evadir las extenuantes horas de grabación y montaje para escabullirme a un cine o leerme las teorías sobre el cine que me hacían, me siguen y me seguirán haciendo falta. De esa manera “poco” académica comenzaron a nacer tantas, pero tantas pasiones que hoy están en los créditos de varias películas, en series de televisión, en directores, en guionistas, en muchos chicos que se han contagiado de esta obsesión por contar historias y realizarlas audiovisualmente, de muchos que como decía Carlos Mayolo se dejaron inocular este mal, el virus de hacer cine que sólo obtiene su antídoto cuando se está en el estreno, pero el virus se inocula nuevamente porque mientras se está en la premier se tienen bajo la manga cuatro o cinco historias más. La gran mayoría lo han entendido con una o dos frases, otros no. Eso también debe hacer parte de ser maestro, aunque como profesor lo que más se quiere es que, como en varias ocasiones ha pasado un estudiante venga y te diga: “profe, me has cambiado la vida”. No estudié para ser maestra, pero sí lo aprendí, de la vida diaria, de tantas experiencias, de los viajes, del cine, de la literatura, de la música. Pero llegó de casa, mis padres son maestros, fueron maestros durante muchos años en la Universidad del Valle, y llegó también en primera instancia de la persona que tomé como modelo de lo que era ser un profesor: Margarita Garrido que primero fue mi vecina; cuando tenía 12 años me enseñó a ser la niñera de su hija menor, luego me enseñó lo poco que sé de conducir un auto, en su casa había un póster inmenso de El Árbol de los Zuecos, de Ermano Olmi y las Odas de Neruda, y muchos libros que dejó a mi albedrío, ella me regaló el día que me gradué de bachiller un libro de memorias de Liv Ullman, la actriz y esposa de Ingmar Bergman, ella también en ese momento era mi profesora de historia, luego lo volvió a serlo en la universidad. Y nunca confundimos ni por la más mínima instancia, qué diferencias había entre una y otra relación. Ella me llevó también de la mano para presentarme profesores de arquitectura primero, luego de comunicación, soy de las pocas que puede decir que pudo estar de oyente en clases de nada menos y nada más que de Jesús Martín Barbero, y todo gracias a ese apoyo que ella como maestra y amiga me dio. Hoy, nos tomamos un café de vez en cuando y siempre la recuerdo como una de las personas que cambió mi mundo y abrió muchas puertas que no sabía que estaban allí esperándome para cumplir mis sueños. Por eso ella fue ese modelo y lo que hice fue imitarla a ella y a los profesores que tuve luego. Así fui buscando de alguna forma ser particular, si se quiere especial. Salgo muy bien librada de las terroríficas evaluaciones y también a veces hay excesos de cariño, de expresiones, tal vez por la pasión que me desborda por lo que hago y muy pocas veces puedo dominar. De lo que sí no salgo bien librada casi nunca es de los fanatismos y también de lo que producen en otros los excesos y expresiones de amor que han profesado en tantísimas ocasiones los chicos que hoy veo convertidos en profesionales. De lo que no salgo tampoc bien librada es de los juzgamientos por todo el amor que dejo en cada uno de los proyectos que emprendo con mis estudiantes. Pensaba tomarme más días para escribir sobre esto, intentaba, ahora que he vuelto a ser estudiante, reflexionar desde el otro lado del camino y comprender. Pero es muy difícil la comprensión cuando la vida, no los libros, te dicen que la razón está de tu lado. Es muy sencillo tildar y acusar cuando lo único que realmente se está haciendo es entre otras, juzgar con la misma vara con la que se mide. La analogía podrá ahora ser más que tildada, pero realmente me importa poco. Pensaba hoy en Magdalena, en la mujer que por su visión fue apartada y acusada de la manera más primaria e ignorante. Lo más inaudito es que tantos miles de años después se siga recurriendo a ese acto tan absurdo de tachar a una mujer de prostituta para instaurarla en el muro donde cualquiera puede ir a escupir sus odios y sus impotencias.
Sigo sin entender el porqué, y esto hay que reconocerlo, es una estrategia tan estúpidamente femenina que avergüenza completamente. Cada vez que se quiere contaminar, manchar o borrar toda la labor de alguien lo más sencillo es asegurar que todo lo ha conseguido como lo hizo, según las inmensas mentiras que nos han contado desde milenios atrás la Magdalena. Es como hundir la tecla borrar del computador y querer desaparecer la historia que llevamos años escribiendo con pasión, con dolor, con amaneceres y sacrificios de uno y otro tipo, sólo con decir que todo se ha conseguido ejerciendo el más viejo de los oficios. Y podría ser así, por qué no, tal vez se parecen mucho estos dos oficios, en su mayor porcentaje los hombres que recurren en su iniciación a una prostituta lo hacen para que ella los ilustre en las lides del amor de los que ellos son completamente inexpertos, algunos aprenderán como el mejor de los alumnos, otros confundirán la pasión de los cuerpos con el amor que creen comenzar a sentir por esta mujer hábil en ese sentimiento más viejo que ella. Algunos nunca olvidarán esa experiencia y otros se irán sin siquiera agradecer todo lo que aprendieron. Los maestros de alguna forma entonces somos como esas mujeres erróneamente llamadas Magdalena, impartimos nuestros viejos saberes, compartimos secretos antes no dichos, y además muy pocas veces, como ellas, recibimos un pago que realmente valores el coste de todos los años que dedicamos a nuestras labores. Y por si fuera poco, como las prostitutas, muy pocas veces se reconoce ante nadie dónde aprendieron y adquirieron la experticia que hoy los hace superiores. O como en este caso, recibimos del que menos esperábamos porque se había convertido de alguna forma en uno de nuestros más cercanos o preferidos, porque somos humanos, y también nos cautiva alguien más que otro, nos asombra, nos sorprende, nos supera y por ello pensamos que estos actos de admiración de alguna forma serán una forma de valorar a los que nos debemos, pero no siempre es así, seguimos sin aprender aunque enseñemos, el pequeño milagro es que seguramente seguiremos intentándolo.

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