lunes, junio 01, 2009

..."Me abandona a mi locura

como a la vera de una mujer que se ama”.
Aún no entiendo cómo tantas personas han terminado casándose y jurando amores eternos después de haberse conocido por una cámara web. Tal vez ahí sí se explica uno muy bien el cuento de las difrencia en las generaciones, este mundo líquido, difuso, como dice el fantástico Bauman. Las cámaras web son lo más frío y distante, puedes decir las mentiras más grandes del mundo, y si además tienes la imagen para ayudarte... Bueno, no sé, tal vez es porque me dedico por completo a escribir mentiras sobre el teclado, puede ser. Pero lo que sí no puedes disimular es la emoción inmensa cuando llevas muchos años sin ver a alguien y ahí está su imagen de nuevo, por esa cámara web, a veces difusa, con problemas de audio, pero que logra ponerte en frente ese rostro que así haya cambiado muchísimo, también evidencia que tus recuerdos siguen indelebles, tal vez la mirada que recordabas, algo en la sonrisa que no desapareció de la memoria. Eso me pasó contigo hace unos meses cuando te vi, después de… Esta vez no voy a contar los años, muchos, simplemente eso. Un amigo me había encontrado buscándome en Google, y pensé, ¿no lo encontraré? La última vez que supe de vos te habías ganado una beca para estudiar diseño de joyas en Florencia, sabía muy bien, lo supe desde siempre que eras una artista con mayúsculas, y claro, ahí estabas, un blog con tu trabajo, una página donde anunciaban tus joyas. http://elfidesign.blogspot.com/
¡Por Dios!, si ya eras un artista cuando yo era una infeliz adolescente que se acercaba al arte porque le encantaba el programa de Marta Traba en la tele, vos ya habías sobrepasado todas mis expectativas. Te envié un mensaje y esperé, pero ni sombra tuya, luego me fui a tú página, pensé que era imposible que no llegara al correo de información sobre tu trabajo, puse un nuevo mensaje y minutos más tardes llamabas desde Italia. Una larga hora te escuché sin poder creer que te tenía al otro lado de la línea. Hasta ese día supe que tenías una compañera en Bellas Artes que se llamaba igual a mí, ¿eres mi compañera de la Escuela o fuiste la novia chiquita que tuve? La novia, te respondí, cómo me iba a olvidar de vos, si creo que soy la única boluda que la noche antes de salir de viaje de excursión de último año de bachillerato se ennovió. Muy en la playa y con toda la juerga enfrente, yo no hice otra cosa que suspirar pensando en cuando te volviera a ver el siguiente sábado, en la misma discoteca donde nos habíamos conocido, porque apenas si te llevaste el teléfono y no sabía aún si recordabas cómo llegar a casa porque la noche que nos conocimos nos habíamos despedido en la madrugada y en la puerta cuando yo tenía que entrar directo a bañarme y salir corriendo para Cartagena, la Cartagena de Colombia, no la de España.
Los días pasaron y volvimos a hablar por la cámara hasta que por fin tenía una fecha exacta para reencontrarnos, destino Valencia-Pisa, de ahí Arezzo y luego Monte San Savino… Y esta nueva coincidencia: inquebrantable, poco a poco comencé a recordar tus expresiones, todo lo que me encantó de vos cuando era una adolescente, la sensibilidad por la belleza, tus sueños, la forma como renegabas, y ahí estabas, idéntico, pero con canas, muchos años después y con esa maravillosa mujer que te acompaña, te adora y con la que podrías simplemente comenzar una frase, que ella luego completa con toda su dulzura.
Lo han llamado el Síndrome de Stendhal, porque fue el primero en describirlo, dicen que ataca a los turistas y sobre todo a las mujeres que viajan solas y no pueden dominar sus sentimientos ante la belleza que descubren en cada esquina de Italia, pero así se llegara con advertencia y prescripciones, no sería fácil escabullírsele al tremendo, pero embelesador virus que remueve todo tu cuerpo y tu alma al estar frente a la perfección.
No sólo ha sido entonces caminar por las callejuelas de Arezzo, cerrar los ojos y recordar a Juliette Binoche casi danzando en una cuerda mientras mira los frescos de Piero de la Francesca, sentarme en el café donde se filmó La vida es bella, avanzar buscando una placa y de pronto encontrarme con la imponente y tantas veces admirada columna de Trajano, tocar el agua de la Fontana de Trevi y sonreír por la majestuosidad de Fellini, tomar el metro, subir unas escaleras y en el último escalón voltear la mirada y encontrar Cinecitta, llorar sin vergüenza frente al Nacimiento de Venus y la Primavera, casi desmayar ante el Juicio Final, la Pietá, el David, respirar hondo para tocar la ancestral piedra del Coliseo; Gargonza, los trenes de ida y vuelta, el pasillo de los Ufizzi, el carrusel antiguo, las plazas, las callecitas, las estaciones de Monte San Savino y Arezzo, Siena, los tres y Elfo, sentados en la plaza, el sol, el vino, la pasta, los trozos de pan, sonreír y carcajearse, Florencia y Roma; mi corazón en verdad no creo que hubiera podido soportar Venecia y su Plaza de San Marcos o el Puente de los Suspiros, tendrá que ser en otra vuelta, en otros años, ojalá cercanos, para regresar a su hogar, a ese lugar donde se respira la ternura, el cariño que comienza con Elfo pidiéndote un saludo, con Veronique que dice Coucou y te invita a un café, y sigue con vos, para compartir un cigarro mientras se habla un poco de los años que han pasado y del mundo que has construido lejos de casa, ese nido donde entre el español, el francés y el italiano, todo se entiende porque el lenguaje es el más universal, el del amor. Por eso más que una crónica de viaje, tiene un poco más de toda la melancolía que me ha dejado este maravilloso reencuentro y lo que pretende es agradecer inmensamente con estas pocas palabras el conocer lo que tantas veces había imaginado, aunque todavía no recupere el aliento por todo el esplendor que ustedes dos me han compartido en esta travesía.

martes, mayo 26, 2009

Los Mejores, de Pedro Guerra, con Ismael Serrano

Con esta canción correrán los créditos de Mano Negra... yo sé que sí.

miércoles, mayo 20, 2009

Tildar a la Magdalena

El viernes 15 de mayo era el día del maestro, como donde estoy ahora me separan siete horas de casa, pensé en varias frases que quería fueran encontradas por mis compañeros apenas abrieran sus correos en cada oficina, pero sólo dos ínfimas frases brotaron ese día, la razón: en mi correo no sólo no había aún recordatorios, alientos, besos a distancia, lo que había era un mensaje de un estudiante en el que me informaba simplemente que había decidido no contar más conmigo en un proyecto que trabajamos desde hace varios meses. No sólo, también, no existe ninguna razón valedera para que esto suceda, sino que la exclusión se resume a justificaciones, si se les puede llamar así, del mayor talante de mediocridad, infantilismo, provincianismo y el que podría tener los mayores “ismos” posibles aunque no pueda ahora conjugarse, la ignorancia pura. Y claro, se quiere en principio solucionar de la mejor manera, pero vienen entonces a la mente los mil y uno cuestionamientos del significado que implica ser maestro, ser un guía, un amigo, un experto en el que se depositan a veces, demasiadas expectativas, otras, erróneas creencias. Muchas veces me he preguntado por qué soy maestra, hace no sé, pueden ser quince años. Recuerdo muy bien que Fernando Vélez, especial amigo y renombrado director de cine me dijo hace muchos años, cuando apenas estaba saliendo de la Universidad del Valle, que él iba a ser parte de la primera y única escuela de cine que se estaba fundándose en Colombia, la de la Universidad Nacional, me dio pánico total, le dije que no estaba preparada para enseñar en una Facultad de Cine cuando apenas había estado en contacto con un rodaje y cuando sentía que sería muy difícil igualar o al menos alcanzar un poco a maestros como los que tuve en la universidad, entre ellos Carlos Mayolo, Óscar Campo, Ramiro Arbeláez, Jesús Martín Barbero, Sergio Ramírez, Margarita Garrido, y se me quedan, varios más. Años, varios años después, lo llamé para decirle ahora sí, estoy preparada. En ese momento comencé a dictar clases. Y claro, de la manera menos académica. Mi experiencia estaba en los rodajes, en el día a día, en todos los momentos que logré evadir las extenuantes horas de grabación y montaje para escabullirme a un cine o leerme las teorías sobre el cine que me hacían, me siguen y me seguirán haciendo falta. De esa manera “poco” académica comenzaron a nacer tantas, pero tantas pasiones que hoy están en los créditos de varias películas, en series de televisión, en directores, en guionistas, en muchos chicos que se han contagiado de esta obsesión por contar historias y realizarlas audiovisualmente, de muchos que como decía Carlos Mayolo se dejaron inocular este mal, el virus de hacer cine que sólo obtiene su antídoto cuando se está en el estreno, pero el virus se inocula nuevamente porque mientras se está en la premier se tienen bajo la manga cuatro o cinco historias más. La gran mayoría lo han entendido con una o dos frases, otros no. Eso también debe hacer parte de ser maestro, aunque como profesor lo que más se quiere es que, como en varias ocasiones ha pasado un estudiante venga y te diga: “profe, me has cambiado la vida”. No estudié para ser maestra, pero sí lo aprendí, de la vida diaria, de tantas experiencias, de los viajes, del cine, de la literatura, de la música. Pero llegó de casa, mis padres son maestros, fueron maestros durante muchos años en la Universidad del Valle, y llegó también en primera instancia de la persona que tomé como modelo de lo que era ser un profesor: Margarita Garrido que primero fue mi vecina; cuando tenía 12 años me enseñó a ser la niñera de su hija menor, luego me enseñó lo poco que sé de conducir un auto, en su casa había un póster inmenso de El Árbol de los Zuecos, de Ermano Olmi y las Odas de Neruda, y muchos libros que dejó a mi albedrío, ella me regaló el día que me gradué de bachiller un libro de memorias de Liv Ullman, la actriz y esposa de Ingmar Bergman, ella también en ese momento era mi profesora de historia, luego lo volvió a serlo en la universidad. Y nunca confundimos ni por la más mínima instancia, qué diferencias había entre una y otra relación. Ella me llevó también de la mano para presentarme profesores de arquitectura primero, luego de comunicación, soy de las pocas que puede decir que pudo estar de oyente en clases de nada menos y nada más que de Jesús Martín Barbero, y todo gracias a ese apoyo que ella como maestra y amiga me dio. Hoy, nos tomamos un café de vez en cuando y siempre la recuerdo como una de las personas que cambió mi mundo y abrió muchas puertas que no sabía que estaban allí esperándome para cumplir mis sueños. Por eso ella fue ese modelo y lo que hice fue imitarla a ella y a los profesores que tuve luego. Así fui buscando de alguna forma ser particular, si se quiere especial. Salgo muy bien librada de las terroríficas evaluaciones y también a veces hay excesos de cariño, de expresiones, tal vez por la pasión que me desborda por lo que hago y muy pocas veces puedo dominar. De lo que sí no salgo bien librada casi nunca es de los fanatismos y también de lo que producen en otros los excesos y expresiones de amor que han profesado en tantísimas ocasiones los chicos que hoy veo convertidos en profesionales. De lo que no salgo tampoc bien librada es de los juzgamientos por todo el amor que dejo en cada uno de los proyectos que emprendo con mis estudiantes. Pensaba tomarme más días para escribir sobre esto, intentaba, ahora que he vuelto a ser estudiante, reflexionar desde el otro lado del camino y comprender. Pero es muy difícil la comprensión cuando la vida, no los libros, te dicen que la razón está de tu lado. Es muy sencillo tildar y acusar cuando lo único que realmente se está haciendo es entre otras, juzgar con la misma vara con la que se mide. La analogía podrá ahora ser más que tildada, pero realmente me importa poco. Pensaba hoy en Magdalena, en la mujer que por su visión fue apartada y acusada de la manera más primaria e ignorante. Lo más inaudito es que tantos miles de años después se siga recurriendo a ese acto tan absurdo de tachar a una mujer de prostituta para instaurarla en el muro donde cualquiera puede ir a escupir sus odios y sus impotencias.
Sigo sin entender el porqué, y esto hay que reconocerlo, es una estrategia tan estúpidamente femenina que avergüenza completamente. Cada vez que se quiere contaminar, manchar o borrar toda la labor de alguien lo más sencillo es asegurar que todo lo ha conseguido como lo hizo, según las inmensas mentiras que nos han contado desde milenios atrás la Magdalena. Es como hundir la tecla borrar del computador y querer desaparecer la historia que llevamos años escribiendo con pasión, con dolor, con amaneceres y sacrificios de uno y otro tipo, sólo con decir que todo se ha conseguido ejerciendo el más viejo de los oficios. Y podría ser así, por qué no, tal vez se parecen mucho estos dos oficios, en su mayor porcentaje los hombres que recurren en su iniciación a una prostituta lo hacen para que ella los ilustre en las lides del amor de los que ellos son completamente inexpertos, algunos aprenderán como el mejor de los alumnos, otros confundirán la pasión de los cuerpos con el amor que creen comenzar a sentir por esta mujer hábil en ese sentimiento más viejo que ella. Algunos nunca olvidarán esa experiencia y otros se irán sin siquiera agradecer todo lo que aprendieron. Los maestros de alguna forma entonces somos como esas mujeres erróneamente llamadas Magdalena, impartimos nuestros viejos saberes, compartimos secretos antes no dichos, y además muy pocas veces, como ellas, recibimos un pago que realmente valores el coste de todos los años que dedicamos a nuestras labores. Y por si fuera poco, como las prostitutas, muy pocas veces se reconoce ante nadie dónde aprendieron y adquirieron la experticia que hoy los hace superiores. O como en este caso, recibimos del que menos esperábamos porque se había convertido de alguna forma en uno de nuestros más cercanos o preferidos, porque somos humanos, y también nos cautiva alguien más que otro, nos asombra, nos sorprende, nos supera y por ello pensamos que estos actos de admiración de alguna forma serán una forma de valorar a los que nos debemos, pero no siempre es así, seguimos sin aprender aunque enseñemos, el pequeño milagro es que seguramente seguiremos intentándolo.

lunes, octubre 13, 2008

"Como a un replicante de Blade Runner me ha tocado una vida que no es mía"

Un día, desde este diario, le propusieron que fuera la sombra de sí mismo. Juan José Millás (Valencia, 1946) cumplió. "No me costó nada seguirme, porque siempre he contemplado mi vida como una ficción", asegura. No sabe bien cómo ni por qué acabó en un hotel. Sentado en la cama, se preguntó por el momento fundacional de su vida. "Y se me apareció una frase: 'Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina'. Evoqué ese momento de mi niñez y el taller, y salió". Con esa frase arranca El mundo, la novela autobiográfica con la que Millás ha ganado el Premio Planeta de Novela, que aparecerá en las librerías el 7 de noviembre. "Tengo la sensación de haberme hecho con materiales de despiece, con piezas sueltas" "La novela tiene algo de asociación de ideas, de diván", afirma de su obra autobiográficaEl narrador se llama Juan José Millás, y la historia se inicia con ese chaval que poco antes, a los seis años, ha de dejar Valencia junto a su familia para ir a Madrid. Algo se rompió dentro de ese niño en 1952: "La infancia es un territorio indiferenciado si no se produce en ella una herida, como en mi caso: dejamos Valencia, ciudad luminosa con un mar al que íbamos siempre, para aterrizar en un no lugar tras un viaje espantoso en tren de asientos de madera, con frío y sabañones, un suburbio donde en mi calle empezaba la nada". Era la madrileña Canillas, que, por contraposición, "hizo que Valencia se convirtiera en un territorio mítico, metáfora de las demás cosas que siento que están rotas y que conducen a convertirme en escritor". "La escritura", resume, "trata siempre de restaurar lo que se rompió en una época remota". Los recuerdos, con incursiones en la vida adulta -"la novela tiene algo de asociación libre de ideas, de diván"-, se entremezclan con las imágenes de una calle de la que quería escapar. "Era gris, abocada a un descampado, una celda". Y el tiempo no la ha sepultado: "Lo sorprendente es que no he salido de ella porque sigue dentro de mí, la reconozco hasta en ciudades que visito por primera vez". En esa infancia triste, el autor de El desorden de tu nombre tomó conciencia de que podía mirar el mundo de otra manera. "Cambió nuestra situación económica, a peor, lo que alteró el carácter de mis padres... Todo eso constituyó un territorio hostil del que me tenía que defender, y un niño se defiende con la imaginación, su gran herramienta de fuga". Y ahí llegó la mirada de extrañeza sobre lo cotidiano que define el estilo (literario y vital) de Millás. "En esta obra se descubre cómo llegué a conquistar la mirada con la que trabajo y vivo ahora y que de niño reprimía, como una enfermedad". Lleva el escritor una época en la que sus textos han adquirido una profunda carga autobiográfica, como sólo se dio en su primera obra, Cerbero son las sombras. ¿Qué se ha roto ahora en el Millás de 2007? "Juan José Millás lleva muchos años arreglándose las cosas. Tengo la sensación de haberme hecho con materiales de despiece, como los que se hacen una moto comprando piezas sueltas por ahí. Y estoy satisfecho del resultado porque ha sido una construcción personal: la mayoría de personas las hacen". Y reconoce: "Siento, y la escritura de esta novela lo articula, que estaba deshecho y que me faltaban piezas; debo estar cargado de prótesis psicológicas, pero muchos libros y horas de reflexión hacen que esas prótesis funcionen ahora como una lavadora alemana". Salvado el pudor que le impedía dar luz pública al libro -"el miedo me hace huir siempre hacia lo que temo, por eso escogí presentarme al Planeta"-, Millás hace balance: "Es difícil de creer que de aquella calle y aquel pobre niño haya salido esto, y me acuerdo entonces de Blade runner, el filme basado en la obra del fascinante Philip K. Dick, donde a los replicantes les construyen una historia de vida con las fotografías; a veces pienso que, como a ellos, a mí me ha tocado esa historia que en realidad no es mía". Entrevista hecha por el diario El País, de España. http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/home.htm

domingo, octubre 12, 2008

Un Ser de Ficción

Y es que sin la ficción no podríamos compensar ni un poco esta enrevesada vida diaria, maestro. Enrique Rentería fue mi profesor de dramaturgia en México y películas como Ciudades Oscuras, sus libros y sus enseñanzas han tenido gran influencia en cada una de mis historias.

lunes, agosto 11, 2008

Insuperable and Extraordinary

"Most people don't know what they want or feel. And for everyone, myself included, Its very difficult to say what you mean when what you mean is painful. The most difficult thing in the world is to reveal yourself, to express what you have to... As an artist, I feel that we must try many things - but above all, we must dare to fail. You must have the courage to be bad - to be willing to risk everything to really express it all."
"I like to feel pain through what really causes pain. I don't want to frighten people by showing them tragedy. I've never seen an exploding helicopter, I've never seen anybody go and blow somebody's head off. So why should I make films about them? But I have seen people destroy themselves in the smallest possible way. I've seen people withdraw. I've seen people hide behind political ideas, behind dope, behind the sexual revolution, behind fascism, behind hypocrisy, and I've myself done all these things. In our films what we are saying is so gentle. It's gentleness. We have problems, terrible problems, but our problems are human problems."

"Life is a series of events to avert being exposed as a fool. But in the effort to do this we make even bigger fools of ourselves. Most of us like to think we know how to handle life, but, actually, we are ignorant emotionally. We have to learn not to be so hard on ourselves. I'm obsessed with the idea that people are human and have fallacies, and that those embarrassing fallacies are better out in the open. That way we don't waste time covering up. I see life as a struggle, and the real romance is in not walking away from it… The point is to struggle to explore avenues of understanding to the greatest extent possible. That is a great mystery of life."
John Cassavetes

miércoles, junio 18, 2008

"Reflexionar sobre nuestra capacidad de amar"

“No creo que mi cine sea un entretenimiento, se trata de plantear preguntas constantemente, ¿cuánto sientes?, ¿cuánto sabes? ¿Eres consciente de esto?, ¿puedes soportarlo?, ¿qué parte de la vida es la que más nos interesa? En mi cine quiero mostrar cómo la gente se relaciona, cómo buscan amor, ni dinero, ni otra cosa, y los riesgos que corren para lograrlo… Nos han vendido el bienestar como sustituto de la vida, lo que necesitamos es reafirmar nuestras emociones humanas, reflexionar sobre nuestra capacidad de amar…” John Cassavetes
El jueves 12 de junio le hicieron un homenaje a Carlos José Mayolo, mi profe adorado Ramiro Arbeláez me invitó para que hablara de él, pero tenía un viaje aplazado a Bogotá y era imposible cancelarlo, entonces le dije a Óscar Losada, uno de los más entrañables compinches que tuvo Mayolo en sus últimos años, que leyera estas pocas líneas en mi nombre, las dejo entonces...
En los últimos días Cassavetes ha ocupado gran parte de esos momentos maravillosos que permite el trajín diario para reafirmarse, para traer a la mente instantes que quedan indelebles; Cassavetes y sus aseveraciones sobre el amor y la falta de amor, me han hecho recordar a Mayolo, a Carlos José Mayolo. Lo recuerdo transpirando amor, hablando sobre amor y entregando en cada palabra esas emociones humanas contradictorias y enrevesadas que le interesaban tanto al director norteamericano, que inventó sin proponérselo si quiera, el cine independiente al que tanto aspiramos los que queremos ser cineastas, los que ya lo han sido y siguen insistiendo y ese grupo inmenso que enfila la industria que apenas se vislumbra. Ese cine, esas verdades eran las que buscaba Mayolo, por eso nunca le importó llamar a todo por su nombre, sin tanto enredijo, ni protocolo, sin que le interesara si estaba hablando con el mismísimo Rey Salomón o la reina de Saba, para qué, eso le importaba un bledo, lo que quería realmente era cuestionar, retar, ponerte en el borde, contradecirte y luego reír porque caías en el juego sin entender ni siquiera las reglas. Así es que lo recuerdo, riendo, enseñando, siempre, todo el tiempo, en cada charla, desde el momento en que lo conocí cuando llegó a la Universidad del Valle para que aprendiéramos a dirigir actores, luego cuando moría de la risa porque le interesaba un carajo saltarse el eje o las continuidades, aunque sabía perfectamente cuáles eran, y a mí se me paraba el pelo, sin entender que eso no era lo que importaba, si no las historias, las emociones de los personajes que se convertían para Mayolo en su familia, por eso sus relatos siempre estaban salpicados de sus anécdotas. Mucho después, cuando su lugar de enseñanza era la biblioteca de don Eduardo, cada tarde era aprender, divertirse, escucharle hablar sobre la escuela de cine que quería hacer, sobre los libros que estaba escribiendo, sobre las películas que quería filmar, y en cada tarde de esas salía uno de la casa de Beatriz y de Mayolo con una nueva sabiduría, con manuscritos que luego compartía con mis estudiantes, porque eso era lo que él quería, “qué sirva pa’algo toda esa carreta, no?, eso era lo que me decía; entonces me iba con sus verdades bajo el brazo y aún las cargo, y aún sigo enseñando esos primeros textos que hoy hacen parte de La vida de mi cine y mi televisión. Por fin, referencia de varios estudiantes que han llegado a decirme, profe, ese man era un tenaz, ¿no? Qué cagada no haberlo conocido. Sí, no sabe de lo que se perdió, dice uno y sonríe, porque cada recuerdo de Mayolo trae una carcajada por sus irreverencias, por sus ojos grandes atragantándose de mundos que sólo él sabía mirar y luego nos los mostraba como en angular, con su cara de niño perverso que acaba de hacer maldades y luego se esconde a herniarse de la risa por la cara aterrada de los otros, como lo hacía Hitchcock, como Welles, como Cassavetes, pero con el arrojo y el veneno por el cine que nos dejó inoculados y no podremos nunca sanar, gracias entonces Carlos José Mayolo, por eso y por todo lo otro, desde acá y para tu más allá.

domingo, junio 01, 2008

Por un cigarro más

Ayer dieron la noticia y por eso desde anoche me rondaban en la cabeza algunas palabras enrevesadas acerca de la segregación y el ostracismo, y todos los ismos que no son más que necesidades extremas de figurar y sentar precedentes, por eso se hacen marchas, por eso las campañas excluidoras, por eso los fanatismos que llevan muchas veces a los errores más crasos en la historia. Esta mañana escuchando a Diana Uribe, sin ella querer, obvio porque hablaba sobre las luchas de los negros, el absurdo racismo y la segregación, me regaló esa necesidad de pronunciarme. La causa puede que no tenga nada de justa, la razón podrá ser cula, absurda, tonta, dañina, pero es una causa. Ayer fue finalmente aprobada la ley que prohíbe fumar cigarrillo en los establecimientos públicos y se le dio plazo de seis meses a todos los establecimientos para ubicar un lugar especial y gregario para nosotros, los fumadores empedernidos, a los que ninguna empresa, ni los chicles, ni la fuerza de voluntad, ni un pulmón atestado de nicotina, les sirve porque somos, sin más, viciosos y autodestructivos. Lo más complicado para los fumadores es que no podemos ocultar nuestro vicio, nos acompaña en la mesa de noche, en el baño, después de comer, con el cafecito, con los amigos que cotorrean y fuman igual, cuando escribimos, cuando pensamos, cuando leemos y en fin. Con los años ha aumentado esta segregación, en el único país donde he estado y al contrario de la guerra espantosa hay un mejor lugar para nosotros es en Cuba, ahí sí se puede fumar en lugares públicos, en lugares con techo y no techo, en los restaurantes, en los bares, en la Bodeguita, en el Florida, en las calles de la Habana vieja, en el aeropuerto donde hay ceniceros grandísimos en toda parte, no sólo porque son el país productor de los mejores habanos, si no porque seguramente les da la gana fumar y ya. Vaya uno a saber, por qué, pero surge inmediatamente la comparación, pero en el país de los sueños, donde se crearon los mayores estereotipos de hombres aventureros con sombrero, mirada “profunda y azul como el firmamento” y el infaltable cigarrillo con la inconfundible banda sonora se fondo, como ya todos lo saben es imposible fumar, pero siguen siendo también grandes productores de tabaco y sus famosos cigarrillos.
Los fumadores sabemos muy bien el daño que nos hacemos, somos los primeros en levantarnos con la tos seca en las mañanas, no hay necesidad de poner calaveras en las cajetillas, eso es pérdida de tiempo, sabemos también, y nos avergüenza que le hagamos daño a otros por nuestro vicio, a esos “fumadores pasivos”, pero yo me pregunto si ese humo que despide el cigarrillo y el de varios cigarrillos encendidos será igual de dañino a la cantidad de tóxicos que se desprenden de los carros, de fábricas y de lugares tan cercanos a la ciudad y donde además de todo vive gente y no entiendo cómo, si no miremos de lejos a una ciudad como Yumbo. También me pregunto si a los fumadores nos van a poner en el rincón por nuestro vicio imposible de ocultar, por qué no poner en el rincón también a los otros tantos vicios que tiene el común de la gente e igualmente hacen daño a muchos pasivos que lo soportan sin chistar, habría que pensar entonces en el rincón para los alcohólicos, en el lugar para los pederastas que van a los sitios públicos a mirar lascivamente a los niños y luego confiesan sus pecados, habría que buscar también un rincón para segregar a los violadores que perdonan porque son ídolos populares, a los que roban para engrosar sus cuentas, a los que agreden en medio de excesos por licor y droga, a los que matan porque les dan un peso con cincuenta centavos más que en el trabajo de ocho a seis, a los que engañan en nombre de un Dios para exprimir hasta el último peso de sus fanáticos creyentes, y a tantos más que no acabaría. Nosotros no agredimos a nadie por fumarnos uno o veinte cigarrillos al día, olemos a cigarrillo, tenemos los dientes amarillos de la nicotina y los pulmones negros como la peor alma, nos falta el aire a veces, se nos sube el colesterol, y claro, nos morimos con el tanque de oxígeno al lado. Eso ya los sabemos, cuando se repite tanto algo, siempre hay efectos boomerang y llega el olvido total. Pienso que pierden mucho el tiempo y el dinero en tanta campaña que podría significar en algún momento la primera cuota para la gente que se queda sin casa después de los castigos de la naturaleza, podría también significar muchos mercados enteros para las familias que no tienen no tienen ni para el desayuno y mucho menos para la comida de varios días. Tal vez de una manera menos agresiva y arrinconadora no sólo entenderíamos, ya lo entendemos, si no que seguramente pondríamos de todo nuestro empeño para hacerlo sólo en nuestra casa, cuando nadie nos mire mal o nos diga nada, pero es que es un vicio, y lo peor un vicio encantador para los que lo tenemos, hay miles de momentos en el día para querer hacerlo y como cualquier exceso placentero es muy difícil dejarlo. También sé muy bien que con este pronunciamiento no voy a lograr detener una ley, ésta seguramente sí se va a cumplir, no como la cantidad de leyes que se firman en este país y se archivan sin cumplimiento, pero al menos me doy una licencia en nombre de muchos que seguramente también quisieran hacerlo y le recuerdo a los otros palabras que a ratos parecen de total libertinaje, pero aparecen en las escrituras más sagradas, bájenle un poco a todo ese reguero de ismos y traigan a su memoria que sólo el que está libre de culpas puede lanzar la primera piedra.

viernes, mayo 02, 2008

Amanece

“Mi mente tiene un objetivo, sólo me interesa eso: el amor y la falta de amor”, John Cassavetes.

No hay pócimas mágicas, tan solo una terraza en el amanecer. El cielo en tonos malvas anuncia la presencia del nuevo día, pero en segundos las nubes se hacen sombrías. No hay rayos, no hay truenos, sólo niebla sobre las montañas. Los rostros se miran y sus cuerpos se abrazan buscando calor. Cae una llovizna diminuta, pero fría. Ellos regresan al lugar donde hace algunas horas comenzaron a inventarse. No hay pensamientos ocultos cuando se han desbordado en sus verdades. La lluvia se expande sobre los baldosines negros junto a las ráfagas frías que son cómplices de abrazos que necesitan, sin saber aún porqué. Se miran de nuevo y se descubren, en las muchas historias que aún quedan por contar.

Vengo Venenoso, Antonio Carmona

miércoles, abril 16, 2008

Va a ser muy difícil superar esta película, va a ser muy difícil que no se abra una brecha en la historia de la ya no tan incipiente industria del cine en Colombia, con un relato tan apabullante y tan perturbador como este. Será igualmente difícil, olvidar el rostro de los maestros de la Universidad del Valle que con los ojos llenos de asombro aplaudieron a sus alumnos la noche de ayer en los teatros de Chipichape en Cali, cuando se proyectaba la premier del largometraje Perro Come Perro, maestros como Óscar Campo, Antonio Dorado y Luis Hernández, sonreían orgullosos al admirar el trabajo impecable y poco fácil de eclipsar, de Carlos Moreno, director y guionista, Diego Ramírez, Productor, Juan Carlos Gil, Director de Fotografía y Diego Jiménez, el Camarógrafo de la película. Y cómo no, quién podría dejar de pensar en cada interpretación que sepultará por siempre el espejismo de los críticos que hasta le darían su alma al diablo para tener uno de los tantos segundos de brillo que tienen los actores principales de una película y por eso se atreven a decir que lo que no nos ha permitido despegar es el mal que nos ha hecho la televisión y que los actores no hacen otra cosa que reproducir las estrategias televisivas.
Querían “una actuación cinematográfica”, si es que se puede sustentar una falacia como esa, porque no se actúa para un medio u otro, se interpreta un personaje, se encarna, se transpira, querían algo memorable para tener de qué hablar durante un buen rato, pues aquí las tienen a granel. “El agrio” Víctor Peñaranda, entraña y entrega pura de Marlon Moreno Solarte, no merece un premio en el Festival de Cine de Guadalajara, los merece todos. Pasará mucho tiempo antes de que, como espectadores, podamos olvidar esa mirada oscura y llena de dolor de Peñaranda, porque la hace y la tiene que pagar. Luego causa mucho dolor que ya no podamos volver a ver en estrenos cinematográficos al majestuoso actor Blas Jaramillo, él, que lograba hacer cimbrar hasta las últimas células con su Ricardo III en Mapa Teatro y que lastimosamente murió hace pocos meses de una pancreatitis; en Perro come Perro, me atrevo a afirmarlo, puede llegar a ser comparado con lo que sucederá en los espectadores con la aparición del Guasón de Heath Ledger en la nueva película de Batman que será estrenada para el verano. El Sierra de Álvaro Rodríguez que aparece siempre para aliviar las tensiones y darle toda esa cuota de humor negro que desbordamos en cada una de nuestras esquinas ante esta perra vida que circunda las calles desvencijadas y centrales. Y el Benítez de Óscar Borda, que huye de la magia negra, del maleficio por “cargarse” a quien no podía ni debía. Ellos, en medio de la ambición, el calor, el desorden, en medio de los dólares que se untan de la mierda de perros callejeros y de la sangre humana que reclama venganzas, porque ya lo saben, el que la hace la paga. Pero en este caso no, somos nosotros los que tenemos que pagarla, haciendo más cine, como éste, con corazón, con entraña, con entrega, con disciplina, con historias crudas, pero reales, nuestras. Se necesitaba en esta incipiente industria una historia que impactara, que de la más sencilla localidad se hiciera universal, aquí la tenemos; se exigía calidad técnica tanto en la imagen como en el sonido, aquí también nos podemos más que deleitar y si a eso le sumamos la exquisita banda sonora, ¿quieren más? Lógico, que cumpliera las exigentes cuotas de pantalla, estoy segura de que las va a cumplir, que además se pasee por alfombras rojas internacionales y la adoren la crítica y la gente del común. Revisen con tino el póster promocional y sabrán en cuántos y pocos festivales ya ha estado antes de su estreno nacional que será este 18 de abril. Ahí está, todo eso que tanto se añoraba, por eso será tan difícil superarla, “a las reglas nos tenemos que someter”, los realizadores de Perro come Perro nos las imponen desde el estreno, el cine como expresión de nuestra dura y despiadada realidad, con personajes e historias auténticos, el cine con todo su esplendor, con súper estrenos y Superlitio en vivo, por si fuera poco, y de seguro se quiere más, pero como lo dicen ellos... los perros... calmáte, no te dejés envenenar, ojo, ten cuidado cuando caminas, porque hay un perro en cada esquina y aquí Perro come Perro, así que, a morder primero, para no dejarse morder.

viernes, abril 04, 2008

Sobre la Entrevista de Marlon Moreno Solarte

Marlon Moreno y Carlos Moreno en el rodaje de Perro come Perro. Foto Luis Hernández.
Nunca olvido una anécdota de rodaje que alguna vez me contaron; allá por el año 1968, cuando Miguel Littín estaba rodando El Chacal de Nahueltoro, la gente que pertenecía al equipo de producción se quedó asombrada por la forma en que Nelson Villagra, el actor que encarnaba a José del Carmen Valenzuela, el Chacal que en un ataque de ira y dolor ultimó a sus hijos y a su esposa, por la situación precaria que vivían. Un mes después el hombre es encontrado por las autoridades y es fusilado. En la adaptación de Villagra, el actor decidió no volver ni a afeitarse, ni a bañarse, siempre iba con el mismo atuendo y con el dolor que le producía la atrocidad que José del Carmen había cometido con sus hijos y su esposa. Cuentan que los actores lo apartaban por el olor y el aspecto que fue tomando, pero que también no pestañeaban por la actitud del actor que se comprometió completamente con la historia que Miguel Littín quería contar.
Algo muy similar sucede con Marlon Moreno cada vez que emprende la elaboración y creación de cada uno de sus personajes, es tal su ensimismamiento, la seriedad, el compromiso, los trabajos con cada frase y la preparación, que muchas personas que por una u otra razón visitan la locación donde se filma o se graba una escena de su personaje, por lo general malinterpretan todo lo que puede afectarle la vida de esos nombres que él hace brotar del papel, para luego encarnarlos. Ese es el claro caso de Víctor Peñaranda, personaje principal en la película Perro come Perro, de Carlos Moreno, que será estrenada nacionalmente el próximo 18 de abril a nivel nacional.
Toda esa pasión fue lo que precisamente lo hizo merecedor del premio como mejor actor en el Festival de cine de Guadalajara y seguramente le dará toda la plataforma para que muy pronto sea llamado por directores de diferentes países, aunque para qué digo que le dará, ya está dada, porque no fue nadie menos ni nadie más que el propio Miguel Littin quien lo llamó para anunciarle que unanimamente los jurados decidieron que nadie más podía ganar el premio como mejor actor.
Tal vez en varios momentos le recordó a Nelson Villagra, tal vez lo que hace Marlon Moreno es traer a la memoria todas esas anécdotas de histriones que en muy pocas ocasiones es sencillo encontrar, por eso también, es que su presencia en la pantalla es desbordante, impecable. Por eso también reproduzco esta entrevista que le hice hace unos días en la sección Agarrando Cine del programa La Caja de Pandora en la emisora Javeriana de Cali. Pero por sobretodo, el motivo principal es que Marlon Moreno es mi parcerito del alma y el actor que siempre quisiéramos tener al lado cada vez que contamos una historia.

Entrevista con el Parcerito

boomp3.com

lunes, marzo 03, 2008

A propósito del 4 de marzo... Pero de 1977

Si la memoria no me falla corría el año 1977, eran las vacaciones de julio y yo iba a entrar a cuarto de bachillerato. Hasta ese año habían logrado aconductarme en el colegio, mucho tiempo dedicaron tanto la señorita Bethzabé, como la señora Gloria y la incansable Ofelia que intentaron por todos los medios convertirme en una digna representante del más prestigioso colegio de la ciudad de Cali. Pero los recuerdos que seguramente ellas querían que yo dejara olvidados en las paredes y en las calles cercanas al Liceo Ciudad de Cali, ese año y el siguiente, salieron completamente a flote. Me gocé hasta el borde del delirio mi primaria hasta cuando llegó tercero y mis pobres padres angustiados por no poderme encontrar un verdadero tatequieto se dieron cuenta que don Salvador iba a terminar de malcriarme, recuerdo como si fuera ayer un día en que subí al bus y había una niña en mi puesto que era al lado de don Salvador, casi la mato a pellizcos, el viejo hermoso optó por calmarme, no sin antes reír intentando que yo no me diera cuenta, pero de boba no tenía ni un pelo y no iba a permitir que me desplazaran de quien me consentía, no como padre si no como el peor abuelo alcahueta y hasta la exageración porque nunca pudo tener hijas mujeres. Y cómo es la vida de rara, ahora, hace muy pocos días vine a enterarme que el motivo de estas páginas también estudió en ese colegio en donde se entreveraron varias de las rebeldías que hasta hoy me acompañan. A mí me sacaron de ese Liceo y me metieron, sin consultar, claro, al otro Liceo, al de las niñas bien de Cali, no hay que dar muchas vueltas para saber cuál era, lógico, el Liceo Benalcázar. Me sentía como el bicho más raro del mundo, nunca se me olvida que me mandaron al último puesto y sola, porque como venía de colegio mixto era algo más que rara y atravesada. No iba a ser nada fácil meterme en la cabeza que la tensión y el ritmo llevaban a la excelencia que siempre se ha perseguido dentro de la visión educativa. Y ahora soy docente, ¡hágame el favor! Planeé muchas cosas para mi vida, pero en la que menos pensé fue en ésa.
Al final de tercero de bachillerato ya pertenecía al panal, pero llegaron los zánganos como en bandada y remontaron los recuerdos, la libertad, muy cercana al desmadre, pero eso era lo que quería vivir. Ya Mario Puzo me había hecho adorar a Sony Corleone, ya no miraba de lejos Le Bilbouquet, si no que se convertía casi en mi oficina de los fines de semana que comenzaban desde el jueves porque había ladies night. Travolta estaba a punto de gritar “Al Pacino” mirándose al espejo y llegaría a la pantalla para que yo tuviera que disfrazarme y entrara a verlo y me enamorara perdidamente de él, a tal punto que en cuarto de bachillerato armamos un grupito de rebeldes y luego nos llamaron el grupo Travolta, la presidenta no era nadie más que esta servidora que no dejó ni un espacio libre en sus paredes y la plagó de afiches y fotos de Travolta, Andy Gibb, John Lennon, y por su puesto: Freddie Mercury, el que le ganó a todos en pasiones y amaneceres y que le debo a Manolo Bellón por su programa de rock Midnight Especial. Aprendimos a bailar primero como en Saturday Night Fever y luego como en Grease, hicimos una revista musical que tenía en la primera fila a Margarita Rosa de Francisco que llegó al colegio y alborotó sólo con sus largos crespos y su risa clara, con ella estaban también Adriana Herrán, quien puso la cuota de los únicos papás de pelos largos que llegaban a las reuniones de padres y Matilde Suescún, hija del poeta Nicolás Suescún; todas ellas comenzarían a pedir permisos de tarde en tarde para ensayar con los cineastas que en los pasillos tildaban de locos y drogadictos, mientras yo persistía en llevar la contraria y en encantarme con muy pocas clases, pero inolvidables: teatro, que era deplorable hasta que llegó a dirigir el grupo Cristóbal Errazuris, el único profesor que nos hacía literalmente pagar balcón y suspiros, cuando estaba recién desempacado de Francia donde había estudiado pantomima con Marcel Marceau, Eulalia Carranza que nos hizo descubrir la literatura y recitaba poemas en una y otra clase mirándonos fijo a través de sus lentes gruesísimos y Mary de Patiño que nos dictaba historia del arte. Algún tiempo después llegó Margarita Garrido y nos hizo adorar la historia patria. De resto, contaba las horas y los segundos para volarme a fumar cigarrillos o para ponerme los patines y llegar hasta el Berchmans, cuando estaba en Juanambú, claro. Los viernes eran los días de morral y patines con medias de colores del patio del Liceo, directo al patio de los niños, los primeros novios, los primeros embelesos y los primeros excesos, también. En el 78 o a comienzos del 79 mi padre estaría a cargo de la importación de unos vídeo tapes para beta, claro. Y las pesadísimas panelas invadieron la cuadra y llegó a mis manos, ya ni sé cómo, Expreso de Medianoche de Alan Parker, una película que había visto insistentemente en cine y apenas la tuve en vídeo pretendí que hasta un niño de menos de doce la viera con mi misma furia, pero furia fue la que le dio a mi madre cuando me encontró mostrándole a varios vecinitos la atrocidad de historia que hoy sigo amando igual porque fue la historia que luego mi hizo entender cuál iba a ser mi embeleco de ahí en adelante. El embeleco, claro, no paró ahí. Se entrevera uno tanto hilando recuerdos que volteo a releer y ya ni sé hasta dónde me pueda llevar lo que iba a ser una introducción. La culpa de todo la tiene Sandro Romero, ya cuento por qué.
Vuelvo entonces al comienzo de la historia, las vacaciones del 77, adolescencia e insoportabilidad pura, mi madre optó por dejarme ir con Martha, mi tía loca, la más joven, la compinche de siempre. El lugar, Timba, en el Valle, porque también hay Timba en el Cauca. Nos enchusparon en un tren y el destino era la finca de unas amigas de mi tía. El tren era todo un acontecimiento y nunca me he caracterizado por poderme quedar quieta durante varias horas, entonces mi tía para calmar las ansiedades me entregó un libro que acababa de leer y le había gustado mucho, no sé si me contó que el autor acababa de morir o no, no sé si ella también era una ferviente seguidora de él, pero el título ya de por sí fue atrayente y recuerdo muy bien la edición y cada página que me fue entregada como uno de los más importantes tesoros que forjarían lo que he sido y soy hasta ahora. El título, claro, Qué viva la Música, el autor, muy pocos no lo saben: Andrés Caicedo, y sus páginas una a una: enloquecimiento puro. Todos mis amigos eran de Tequendama, casi todos también, inhalaban y fumaban cuanta cosa les pasara por el lado, pero como éramos las niñitas nos protegían y no nos dejaban fumar ni marihuana. Pero en esas páginas no sólo se hablaba de marihuana, sino de Lluvia y Nieve, es más, una página entera. Y dos más adelante, la frase que me cambió la vida en ese momento, la frase que me permitió ir en contra de la tensión y el ritmo y armar la tremebunda en el parquecito donde nos reuníamos las del club de raras del Liceo. Ahí estaba, contundente, desmintiendo que teníamos que llegar a la excelencia, a ser las mejores madres, las mejores mujeres, las inigualables profesionales, y sin más decía: ¿Cómo se mete de puta una ex-alumna del Liceo Benalcázar?
Yo, nadie más que yo, tenía la súper bomba en mis manos. Desde los primeros días de cuarto de bachillerato dejé atrás la ñoña en la que me habían convertido y volvió la libertad, la irreverencia y Andrés Caicedo con su frase reveladora, con las palabras que leeríamos una y otra vez, totalmente a escondidas porque el libro fue evidentemente prohibido en el colegio, bajo la sombra del árbol que hoy ya ni siquiera existe, pero en ese momento era nuestra casa del árbol, allí donde planeábamos hacerle maldades a la profesora de Comportamiento y salud que odiábamos con ganas porque se había atrevido a separarnos el año pasado y dejó a tres de nuestras compañeras repitiendo. Aquí también se han educado putas decíamos, y reíamos con ganas, porque creíamos tener el mundo entre las manos por haber descubierto a Andrés Caicedo y su novela.
Después, supe lo de su muerte, después, también, llegaron a mi vida amigos entrañables suyos, esos que se encargaron de la otra educación que hoy celebro con Héctor Lavoe de fondo. Los infaltables: Óscar Campo, Ramiro Arbeláez, Carlos José Mayolo y Luis Ospina, que apareció con Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos y nos enseñó cómo se narraba en imágenes. Al causante de esta crónica lo conocí tiempo después, pero sobre todo por sus escritos y por la perseverancia en el seguimiento y estudio sobre los escritos de Andrés Caicedo. Hace unos días, cuando leía y estudiaba juiciosamente La vida de mi cine y mi televisión, escrita por Mayolo antes de morir y como siempre, minuciosamente cuidada en su edición por Sandro Romero Rey, me encontré por casualidad Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego. Por eso lo culpo de este largo flashback al que me ha remontado, porque es 4 de marzo y Andrés Caicedo está cumpliendo 31 años de haberse quitado la vida con sesenta o más pastas de Seconal, ya ni importa cuántas eran, a nadie le quedarían dudas que en esa ocasión sí no podía fallar. Leer estas historias no contadas de Andrés Caicedo me hizo recordar las vacaciones de mis catorce años cuando no tenía muy claro qué quería ser en la vida, pero sí sabía que narrar historias iba a ser parte del zambapalo de descubrimientos que se aproximaba en esos días. Todo entonces, porque alguien nos amotine los recuerdos con sus insistencias en estos dos creadores que nos cambiaron la mirada, no, mejor, no la torcieron para que pudiéramos mirar un poco más allá que acá.
Adriana Villamizar Ceballos.

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